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Profeta, Sacerdote y Rey

Ha sido una costumbre en los círculos protestantes desde la Reforma, hablar de la obra de Cristo bajo tres títulos generales: como profeta, sacerdote y rey. Estos títulos se refieren a sus papeles como maestro. Salvador y gobernador de todo el universo y la iglesia. Esta clasificación a veces ha sido criticada por algunos que señalan que no siempre es fácil diferencial estos papeles entre sí, caso del propio ministerio de Cristo, como en los cargos del Antiguo Testamento sobre los que están basados. Tanto los sacerdotes como los profetas en ocasiones también :son maestros. Muchos reyes fueron receptores de la revelación inspirada de Dios, del mismo modo que los profetas. A pesar de ello, esta división tripartita de la obra de Cristo tiene una firme base en las Escrituras.

Cristo es reconocido como un profeta en Lucas 24:19. En dicho pasaje Jesús está interrogando a los discípulos que se dirigían a Emaús, preguntándoles acerca de los acontecimientos que habían tenido lugar durante los últimos días tumultuosos en Jerusalén. Ellos le responden: «Jesús nazareno, que fue varón profeta, poderoso en obra y en palabra delante de Dios y de todo el pueblo».

En todo el libro de Hebreos, Jesús es presentado como un sacerdote, como por ejemplo en Hebreos 2:17. «Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo».

De manera similar, el versículo de Apocalipsis 19:16 reza: «Y en su vestidura y en su muslo tiene escrito este nombre: Rey de reyes y Señor de señores».

Esta noción del carácter triple del ministerio de Cristo también puede ser aplicada a la necesidad espiritual del ser humano. Una de esas necesidades es la necesidad de conocimiento; no conocemos a Dios naturalmente, ni podemos entender las cosas espirituales sin una iluminación de nuestras mentes, especial y de origen divino. Jesús puede suplir nuestra necesidad cuando nos revela a Dios. El es nuestro profeta y maestro. Suple nuestra necesidad a través de su propia persona en quien el Padre se revela enteramente; por medio del regalo que nos ha hecho de la Palabra escrita de Dios, y por la iluminación particular de nuestras mentes que realiza el Espíritu Santo.

También tenemos necesidad de salvación. Además de ser ignorantes de Dios y de las cosas espirituales, somos pecadores. Nos hemos rebelado contra Dios y como ovejas nos hemos descarriado. Jesús puede suplir esta necesidad en su función de sacerdote. Actúa como sacerdote en dos niveles: primero, se ofrece a sí mismo como sacrificio, proveyendo así la perfecta expiación por nuestros pecados; y segundo, intercede por nosotros a la diestra de Dios Padre en los cielos, garantizando así nuestro derecho a ser escuchados.

Por último, necesitamos disciplina espiritual, guía y gobierno. No somos autónomos, ni siquiera después de nuestra conversión. No tenemos ningún derecho a gobernarnos a nosotros mismos, ni podríamos gobernarnos exitosamente. Cristo suple esta necesidad por medio del dominio que con amor ejerce sobre nosotros dentro de la iglesia. Él es nuestro patrón, nuestro rey. También es el gobernador de este mundo. Por eso es que el futuro triunfo y reino de Cristo sobre todo el mundo es también un aspecto de este tema. Para resumir este tema, podemos citar el resumen’que Charles Hodge hace:

Somos iluminados en el conocimiento de la verdad; somos reconciliados con Dios por la muerte sacrificial de su Hijo; y somos librados del poder de Satanás e introducidos en el reino de Dios; todo lo cual supone que nuestro Redentor nos es a la vez un profeta, un sacerdote y un rey. No se trata aquí de una simple y conveniente clasificación de los contenidos de su misión y su obra, sino que se introduce en su misma naturaleza y debe ser retenida en nuestra teología si hemos de captar la verdad como se nos revela en la Palabra de Dios.1

Por lo tanto, si bien nuestra discusión sobre la obra de Cristo necesariamente trascenderá estas tres categorías sugeridas, resultará de todos modos de valor conservarlas en mente mientras las desarrollamos.

El Logos de Dios: Profeta

Cuando señalamos la función profética de Cristo nos estamos remontando en el Antiguo Testamento a una veta muy rica de pensamiento. Abraham, el padre del pueblo judío, fue llamado un profeta (Gn. 20:7). Moisés fue un profeta, posiblemente el más grande de todos los profetas (Dt. 34:10). El rey Saúl profetizó (1 S. 10:11, 19:20). David y Salomón fueron profetas en el sentido que recibieron parte de la revelación inspirada de Dios y contribuyeron así a nuestro Antiguo Testamento. Comenzando por Elías y Elíseo se lanza el gran movimiento profético, con nombres de la talla de Isaías, Jeremías, Ezequiel, Daniel y los profetas conocidos como los profetas menores. En una ocasión Moisés aparece diciendo: «Ojalá todo el pueblo de Jehová fuese profeta» (Nm. 11:29).

Sin embargo, en medio de este enfoque sobre el papel desempeñado por los profetas surge una sensación creciente que ningún profeta humano podía ser de todo apropiado para poder suplir la necesidad humana. Aparece, por lo tanto una expectativa cada vez más intensa que habría de venir un «gran profeta».

La primera afirmación clara de esta expectativa la encontramos en el capítulo 18 de Deuteronomio, donde tenemos una profecía sobre una futura figura profética como Moisés, alguien a quien todos atenderían. Moisés mismo hace este anuncio: «Profeta de en medio de ti, de tus hermanos, como yo, te levantará Jehová tu Dios; a él oiréis» (Dt. 18:15). Este anuncio es luego conservado en las palabras de Dios: «Profeta les levantaré de en medio de sus hermanos, como tú; y pondré mis palabras en su boca, y él les hablará todo lo que yo le mandare (Dt. 18:18). Una lectura superficial podría hacernos interpretar este pasaje como refiriéndose a alguna figura humana futura, tal como Isaías o algún otro de lo grandes profetas. Podría hasta ser aplicado al profeta tan especial que vino justo antes que el Mesías (Mal. 4:5; Jn. 1:25). Sin embargo, en el Nuevo Testamento esta cita de Deuteronomio se aplica particularmente a Jesús, como en uno de los sermones de Pedro (Hch. 3:22) o en la defensa de Esteban frente al concilio (Hch. 7:37).

Hay otros pasajes que desarrollan el mismo tema. En varias ocasiones el pueblo, que había sido testigo de una obra maravillosa por parte de Cristo respondió identificándolo con un profeta o el profeta que había de venir en los postreros tiempos (Mt. 21:46; Lc. 7:16; Jn. 6:14). Los discípulos que iban camino de Emaús lo identificaron como tal (Lc. 24:19). Y en cierta ocasión Jesús dijo hablando sobre sí mismo: «No hay profeta sin honra sino en su propia tierra, y entre sus parientes, y en su casa» (Mr. 6:4). Pero quizá el pasaje má importante, desde un punto de vista teológico, sea la introducción al libro de Hebreos: «Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo» (He. 1:1-2).

Un profeta es alguien que habla en nombre de otra persona. En estos versículos, Jesús es presentado como alguien que, del mismo modo que los profetas del Antiguo Testamento, habla de parte de Dios. Se trata, por lo tanto de alguien que habla con autoridad.

El tema de la autoridad era particularmente evidente para los escuchas de Cristo. Al final del Sermón del Monte se nos dice que cuando Jesús terminó de hablar «la gente se admiraba de su doctrina; porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas» (Mt. 7:28-29). Podríamos pensar que tendrían que haber sido impresionados por el contenido de sus palabras, o por la necesidad de arrepentimiento, o por alguna cosa similar. Pero se nos dice que la gente comparó a Cristo con los escribas, quienes eran los maestros más importantes en esa época, y que concluyó que enseñaba con una autoridad que los escribas no poseían.

Otra característica de relevancia de la enseñanza de Cristo es lo que podríamos llamar su carácter egocéntrico. El tema de su enseñanza es él mismo. Ya en el comienzo del Sermón del Monte, en sus primeras palabras, Jesús presupone que quienes le están escuchando habrán de sufrir no meramente por causa de la verdad o por alguna otra causa sino «por mi causa» (Mt. 5:11). Más adelante en su Sermón dice: «No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir» (Mt. 5:.17): En otras palabras, se estaba identificando con el Mesías sobre quien el Antiguo Testamento había sido escrito. En la última sección, nos advierte sobre el peligro que encierra el dejar de atenderlo a él, peligro que puede conducir a la persona involucrada al juicio. Concluye con estas palabras: «Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca. Descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y golpearon contra aquella casa; y no cayó, porque estaba fundada sobre la roca» (Mt. 7:24-25).

Estas afirmaciones, y muchas otras a lo largo de los evangelios, inmediatamente destacan a Jesús por encima de todos los demás maestros religiosos. Como ha señalado John R. W. Stott: «Ellos se borran a sí mismos; él se coloca en el centro de su enseñanza. Ellos no se señalaban a sí mismos; decían: “Esta es la verdad como nosotros la entendemos; síganla’. Jesús decía: `Yo soy la verdad; síganme’”2.

El cuarto evangelista, Juan, aparentemente estaba bastante consciente de este aspecto de la enseñanza de Cristo cuando comenzó a escribir su evangelio. En las páginas iniciales utiliza una palabra con referencia a Cristo que sugiere, tanto para los judíos como para los griegos, que Cristo mismo era el punto focal de la revelación de Dios a los hombres. La palabra es logos, que significa «palabra», o «verbo», si bien entendidos en un sentido más amplio que el común de nuestra lengua. Ocurre en el versículo 1, donde Juan dice: «En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios», y en el versículo 14: «Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros… lleno de gracia y de verdad».

¿Qué habría significado dicho término para un lector judío contemporáneo al evangelio de Juan? Los primeros versículos de su libro, incluyendo el término logos, habrían hecho que un judío recordara las primeras palabras del Antiguo Testamento donde se nos dice que en el principio Dios habló y que como resultado todas las cosas vinieron a tener existencia. En otras palabras, Jesús habría sido inmediatamente asociado con el poder creativo de Dios y con la revelación que Dios hace de sí mismo en la creación. Podemos sentir como podría haber operado esto si nos imaginamos a nosotros mismos leyendo un libro que comienza con una clara referencia al «curso de los acontecimientos humanos» y en los primeros párrafos aparecen las palabras «derechos inalienables» y «evidentes». Resulta claro que el autor está intentando recordarnos la Declaratoria de la Independencia y los principios fundacionales de la república de los Estados Unidos de América.

Pero esto no es todo lo que estas palabras provocarían en un lector judío. Para la mentalidad judía la idea de un «verbo» significaría más que lo que significa para nosotros hoy en día. El motivo es que para la manera de pensar judía, un verbo era algo concreto, más cercano a lo que hoy llamaríamos un acontecimiento o un hecho. Nosotros decimos «a las palabras se las lleva el viento». Podemos decir: «Los palos y las piedras me pueden lastimar, pero las palabras nunca me lastimarán». Pero las palabras sí pueden herir, y los judíos sin duda estaban más cercanos a la verdad cuando consideraban que una palabra dicha era lo mismo que un hecho realizado. Según su mentalidad, las palabras no debían ser utilizadas con ligereza. Además, existían implicancias teológicas. ¿Qué ocurre cuando Dios habla? El objeto tiene lugar inmediatamente. «Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz» (Gn. 1:3). Dios también dijo: «Así será mi palabra que sale de mis boca; no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para qué la envié» (Is. 55:11). Por este motivo es que los judíos estarían más preparados que nosotros para pensar en el «Verbo» de Dios como en algo que podía ser visto y tocado, y no les resultaría extraño aprender, como dijo el autor de la epístola a los Hebreos escribiendo en primer lugar a los lectores judíos, que: «En estos postreros días nos ha hablado por el Hijo» (He. 1:2).

¿Qué podría haber significado la palabra logos a un lector griego o gentil? Para el griego la respuesta la encontraremos no en la religión sino en la filosofía. Hace aproximadamente dos mil seiscientos años, en el siglo sexto a.C., un filósofo llamado Heráclito vivió en la ciudad de Éfeso. Fue el hombre que dijo que era imposible nadar dos veces en el mismo río. Quería decir que toda la vida es un transcurrir. Por lo tanto, si bien uno puede entrar al río una vez, salir, y luego volver a entrar una segunda vez, cuando demos este segundo paso el río ya habrá fluido y estaremos entrando en un río distinto. Para Heráclito y los filósofos que le siguieron, toda vida se asemejaba a esto. Pero se preguntaban, ¿si esto es así, cómo es posible que todo lo que existe no esté en un estado de perpetuo caos? Heráclito contestaba que la vida no es un caos porque los cambios que observamos no son cambios al azar. Es un cambio en orden. Esto significa que debe existir alguna «razón» o «palabra» divina que lo controla. Esto es el logos, la palabra que Juan utiliza en los versículos iniciales de su evangelio.

Sin embargo, logos también significaba algo más para Heráclito. Una vez que había descubierto que el principio controlador de la materia era el logos divino, estaba a sólo un paso de aplicar dicho concepto a todos los acontecimientos de la historia y al orden mental que gobierna la mente de los seres humanos. Para Heráclito el logos era, ni más ni menos, que la mente de Dios que todo lo controla.

Cuando Juan escribió su evangelio, las ideas de Heráclito ya tenían unos setecientos años. Pero sus ideas habían sido tan formativas del pensamiento griego que habían sobrevivido no sólo en la filosofía de Heráclito sino también en la filosofía de Platón y de Sócrates, de los estoicos y de muchos otros que se basaban en ellas. Además, eran el tema de conversación de muchas personas. Los griegos sabían todo sobre el logos. Para ellos el logos era la mente creativa y controladora de Dios; que sustentaba el universo. Fue realmente un destello de genio divino que hizo que Juan utilizara esta palabra, que era tan significativa tanto para los judíos como para los griegos. «Escuchen, ustedes los griegos, esto mismo que tanto les ha preocupado, que ha ocupado su pensamiento filosófico, y de lo que tanto han escrito por tantos siglos —el Logos de Dios, esta palabra, este poder controlador del universo y la mente del hombre— ha venido a la tierra como hombre, y lo hemos visto, lleno de gracia y de verdad».

Se dice que cierta vez Platón se dirigió a un pequeño grupo de filósofos y estudiantes que se habían congregado a su alrededor, durante la era dorada de Atenas, y les dijo: «Podría suceder que algún día viniera de parte de Dios una Palabra, un Logos, que nos revelara todos los misterios y aclarara todas las cosas». Juan está diciendo: «Efectivamente, Platón, el Logos ha venido; ahora Dios nos ha sido revelado perfectamente».3

Este es el ministerio profético de Jesucristo. Tiene autoridad, y está envuelto en su propia persona de manera tal que cuando miramos a Jesús vemos no un simple hombre, sino el Dios-hombre que así nos revela a Dios. En estos tiempos Jesús lleva a cabo su ministerio por medio del Espíritu Santo quien nos comunica la persona de Cristo a nuestras mentes y nuestros corazones mediante las Escrituras y así nos provee para nuestra salvación y nuestra santificación.

El Mediador de Dios: Sacerdote

La segunda de las tres divisiones principales de la obra de Cristo es su sacerdocio, un tema cuidadosamente preparado en el Antiguo Testamento y desarrollado detalladamente en el libro de Hebreos. Un sacerdote es un hombre nombrado para actuar en lugar de otros en las cosas relacionadas con Dios. Es decir, es un mediador. En Cristo, esta función sacerdotal o de intermediario se logra de dos maneras: en primer lugar, al ofrecerse a sí mismo como sacrificio por el pecado (algo que los sacerdotes del Antiguo Testamento no podían hacer) y, en segundo lugar, al interceder por su pueblo en los cielos. El Nuevo Testamento representa esta última actividad al mostrar la suficiencia del sacrificio de Cristo como la base sobre la cual sus oraciones y las nuestras deben ser respondidas.

El hecho de que Jesús mismo sea el sacrificio por los pecados ya debería dejar claro que su sacerdocio es distinto y superior a las funciones sacerdotales del Antiguo Testamento. Pero no solamente en este sentido Cristo es superior. En primer lugar, según el sistema del Antiguo Testamento los sacerdotes de Israel debían ofrecer un sacrificio no sólo para quienes representaban sino también para sí mismos, ya que ellos también eran pecadores. Por ejemplo, antes que el sumo sacerdote pudiera entrar al Lugar Santísimo en el día de la expiación, lo que hacía una vez al año, primero tenía que ofrecer un becerro como expiación por sí y por su casa (Lv. 16:6). Sólo después de haber realizado dicho sacrificio podía continuar con las ceremonias de los machos cabríos y el sacrificio, cuya sangre luego era rociada sobre el propiciatorio dentro del Lugar Santísimo. Nuevamente, los sacrificios que ofrecían los sacerdotes de Israel eran inadecuados. Enseñaban que el camino de salvación era por medio de la muerte de una víctima inocente. Pero la sangre de los corderos y las cabras no podía retirar los pecados, como se reconoce tanto en el Antiguo Testamento y en el Nuevo Testamento (Miq. 6:6-7; He. 10:4-7). Por último, los sacrificios de los sacerdotes terrenales eran incompletos, como lo atestigua el hecho que tenían que ser ofrecidos vez tras vez. En Jerusalén, por ejemplo, el fuego sobre el principal altar de sacrificio nunca se apagaba; y en algunos días de reposo importantes, como el de la Pascua, se ofrecían literalmente cientos de miles de corderos.

En oposición a ese sacerdocio terrenal, el sacrifico de Jesús fue realizado por uno que es perfecto y que por lo tanto no necesitaba de ningún sacrificio para sí. Como lo expresa el autor a los Hebreos: «Porque tal sumo sacerdote nos convenía: santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores, y hecho más sublime que los cielos; que no tiene necesidad cada día, como aquellos sumos sacerdotes, de ofrecer primero sacrificios por sus propios pecados, y luego por los del pueblo; porque esto lo hizo una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo» (He. 7:26-27).

Segundo, siendo él perfecto y al mismo tiempo el sacrificio, el sacrificio realizado por Jesús fue perfecto. Por lo tanto, podía pagar el precio por el pecado y quitarlo de en medio, algo que los sacrificios de Israel no podían hacer. Eran una sombra de lo que había de venir, pero no eran la realidad. La muerte de Cristo fue la real expiación sólo en base a la cual Dios declara justo al pecador. El autor de los Hebreos prueba esto: «Pero estando ya presente Cristo, sumo sacerdote de los bienes venideros… entró una vez para siempre en el Lugar Santísimo, habiendo obtenido eterna redención. Porque si la sangre de los toros y de los machos cabríos, y las cenizas de la becerra rociadas a los inmundos, santifican para la purificación de la carne, ¿cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo?» (He. 9:11-14).

Por último, a diferencia de los sacrificios de los sacerdotes del Antiguo Testamento, que tenían que ser repetidos diariamente, el sacrificio de Jesús fue completo y eterno —y como evidencia de eso ahora está sentado a la diestra de Dios—. En el templo judío no habían sillas, lo que significaba que la tarea de los sacerdotes nunca se terminaba. «Pero Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios, de ahí en adelante esperando hasta que sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies; porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados» (He. 10:12-14).

Cualquier enseñanza sobre los sacerdotes y los sacrificios resulta hoy muy difícil de comprender para la mayoría de las personas, porque en la mayor parte de nuestro mundo civilizado no ofrecemos sacrificios, y no entendemos su terminología. Tampoco era muy fácil de entender en la antigüedad. El autor de los Hebreos, en realidad, está reconociendo esto en un comentario entre paréntesis: «Acerca de esto tenemos mucho que decir, y difícil de explicar, por cuanta os habéis hecho tardos para oír» (He. 5:11).

Por otro lado, las instrucciones tan elaboradas sobre cómo debían ser realizados los sacrificios fueron dadas para enseñar tanto la naturaleza grave del pecado como asimismo la manera que

Dios había provisto para tratarlo. Los sacrificios estaban dictando dos lecciones. Primero, que el pecado significa la muerte. Es una lección sobre el juicio de Dios. Significa que el pecado es algo muy serio. «El alma que pecare, esa morirá» (Ez. 18:4). Segundo, que hay un mensaje de gracia. El sacrificio es significativo porque por la gracia de Dios un sustituto inocente puede ser ofrecido en el lugar del pecador. El macho cabrío o el cordero no era ese sustituto, meramente lo estaba señalando. Jesús fue y es el sustituto de todos quienes lo reconozcan como su Salvador. Él es el único, perfecto y todo suficiente sacrificio por el pecado, en base al cual Dios puede justificar al pecador. Este aspecto de la obra de Cristo será considerado con mayor detalle en los capítulos sobre la propiciación y la redención.

Una segunda forma como Jesús cumple con su función sacerdotal y mediadora es al interceder por nosotros ahora. No se trata de una tarea suplementaria al sacrificio que hizo de sí mismo sobre la cruz, sino más bien de una tarea que es consecuencia de su entrega. En el Nuevo Testamento tenemos varios ejemplos de la intercesión de Cristo por los demás.

Hay un ejemplo interesante en su intercesión por Pedro. El relato es que Satanás vino a Dios en cierta ocasión y le dio su opinión sobre Pedro, diciendo: «No sé qué es lo que tu Hijo espera lograr con esa bolsa de viento llamada Pedro. Si me dieras permiso para zarandearlo, volaría como la paja en tiempo de la siega». Dios le da permiso a Satanás para zarandearlo, del mismo modo que le había otorgado permiso para probar a Job (Job. 1:12; 2:6). Pero Jesús intercedió por Pedro, rogando que la experiencia fuera edificante y no debilitadora. Pidió que la paja volara para que quedara visible el grano verdadero, que él había colocado allí. Sus propias palabras a Pedro fueron: «Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo; pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte; y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos» (Lc. 22:31-32).

Conocemos el desarrollo de la historia y cómo prevaleció la intercesión de Cristo por Pedro. Más tarde en la noche, si bien Pedro había negado al Señor en tres distintas ocasiones, la última vez hasta con maldiciones y juramentos, su fe no había flaqueado. Por el contrario, cuando se dio cuenta de lo que había hecho, estaba lleno de remordimiento y salió y lloró amargamente. A este Pedro que había sido tan humillado vino el Señor con la misión del servicio (Jn. 21:15-19).

Otro ejemplo del Nuevo Testamento lo encontramos en la intercesión que Cristo realiza en su oración por su iglesia (Juan 17). Jesús no ora que sus discípulos puedan ser ricos y obtener posiciones de respeto y poder en el imperio romano, ni siquiera que sean librados de la persecución y el sufrimiento por causa de ser sus testigos. Su oración, por el contrario, es que sean convertidos en la clase de hombres y mujeres que él desea que sean; o sea, hombres y mujeres en los que las marcas de la iglesia son evidentes: el «gozo, la santidad, la verdad, la misión, la unidad y el amor. Su preocupación por ellos (y por nosotros) es espiritual.

Hay una palabra maravillosa usada con respecto a la función mediadora del Señor Jesucristo, doblemente maravillosa porque también es utilizada con respecto al ministerio terrenal del Espíritu Santo. En el idioma griego la palabra es paraklétos. Esta palabra suele ser traducida como «Consolador» (si bien esta no es la mejor traducción), «Consejero» o «Abogado». Cristo la usa en sus discursos finales para referirse al Espíritu Santo, cuando habla de «otro Consolador» (Jn. 14:16; comparar con 14:26; 15:26; 16:7). Está también usada con respecto a Jesús mismo (1 Jn. 2:1). El verdadero sentido de esta palabra proviene de sus connotaciones legales o forenses. Literalmente paraklétos proviene de dos palabras griegas: para, que significa «junto con» (la encontramos en las palabras parábola, paradoja, paralelo, y otras), y klétos, que significa «llamado» (también es la raíz de la palabra griega usada para la iglesia, ekklésia, que significa «los llamados»). Un paracleto, por lo tanto, es alguien que ha sido llamado para estar junto a otro para ayudarlo, en otras palabras, un abogado. Es interesante notar que la palabra abogado en castellano antiguo era advocado. La palabra advocado está compuesta por dos palabras, ad, que significa «a» o «hacia», y vocare, que significa «llamar». Por lo cual un advocado, o un abogado como diríamos hoy en día, es alguien que ha sido llamado para ayudar a otro.

El cuadro que tenemos delante nuestro, por lo tanto, es de algo semejante a lo que podríamos llamar un estudio celestial de abogados donde nosotros somos los clientes. Hay una rama celestial presidida por el Señor Jesucristo y una rama terrenal presidida por el Espíritu Santo. Cada uno de ellos ruega por nosotros. El papel que juega el Espíritu Santo es impulsamos a orar e intensificar esa oración aun grado tal que nosotros no somos capaces. Pablo escribe: «Y de igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles» (Ro. 8:26). De manera similar, el ministerio del Señor en los cielos consiste en interpretar nuestras oraciones de manera correcta y presentar como prueba la eficacia de su sacrificio como la base para nuestro acercamiento a Dios.

La consecuencia de todo esto es que podemos ser osados en nuestra oración. ¿Cómo podríamos tener osadía si la respuesta a nuestras oraciones dependiera de la fuerza con que oramos o de lo correcta que sean nuestras peticiones? Nuestras oraciones son débiles, como Pablo confiesa, y muchas veces oramos incorrectamente. Pero, de todos modos, somos osados, porque tenemos al Espíritu Santo que reafirma nuestras peticiones, y tenemos al Señor Jesucristo que las reinterpreta correctamente.

El Reino de Dios: Rey

El tercer aspecto de la obra de Cristo es su reinado. A diferencia de las otras dos funciones que tienen una base textual explícita y limitada, el material bíblico sobre el reinado de Cristo es voluminoso.

Primero, tenemos el tema de la soberanía de Dios por sobre toda su creación. Como Jesús mismo es Dios, esto claramente se refleja sobre su propio gobierno o soberanía. Existen profecías mesiánicas en particular sobre el reinado del Mesías, como Dios le prometió al rey David: «Y será afirmada tu casa y tu reino para siempre delante de tu rostro, y tu trono será estable eternamente» (2 S. 7:16). Más adelante, cuando la casa de David estaba en clara decadencia, el profeta Isaías intensificó las promesas y señaló al Mesías que había de venir. «Y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz. Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límite, sobre el trono de David y sobre su reino, disponiéndolo y confirmándolo en juicio y en justicia desde ahora y para siempre. El celo de Jehová de los ejércitos hará esto» (Is. 9:6-7). Existen numerosos salmos cuyo tema también es este (por ejemplo, Sal. 45; 72; 110). Miqueas 5:2 nos habla del lugar de nacimiento de este futuro rey: «Pero tú, Belén Efrata, pequeña para estar entre las familias de Judá, de ti me saldrá el que será Señor en Israel; y sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad». En el libro de Daniel tenemos una visión de alguien a quien «le fue dado dominio, gloria y reino, para que todos los pueblos, naciones y lengua le sirvieran; su dominio es dominio eterno, que nunca pasará, y su reino uno que no será destruido» (Dn. 7:13-14).

Cuando Jesús nació su nacimiento fue anunciado en estas categorías, y cuando comenzó su ministerio sobre esta tierra él también barajó estos temas. El ángel que anunció su nacimiento a María dijo: «Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David su padre; y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin» (Lc. 1:32- 33). Más adelante, Juan el Bautista habló sobre la inminencia del reino de Dios en la venida de Cristo. Y luego, Jesús mismo comenzó su ministerio con la sorprendente proclamación: «Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado» (Mt. 4:17).

Al final del Nuevo Testamento encontramos la culminación de este tema: e Señor sentado sobre un trono, sus enemigos sujetos a él y un nombre nuevo: «Y en su vestidura y en su muslo tiene escrito este nombre: Rey de reyes y Señor de señores» (Ap. 19:16).

Y sin embargo nos enfrentamos aquí con un problema. Si este tema es tal prominente como parece serlo y si Jesús realmente es el Rey de reyes y Señor de señores, ¿por qué el mundo ha

cambiado tan poco y su reino casi no es reconocido? ¿Se trata de un reino futuro? Esta sería una manera de encarar este problema, pero ¿cómo entenderíamos entonces la afirmación del propio Cristo que dijo que el reino de Dios «está entre vosotros»? (Lc. 17:21). ¿Es un reino espiritual? Si fuera así, ¿cómo debemos interpretar las profecías explícitas sobre la continuación del trono de David y las promesas sobre una justicia y una paz utópicas que acompañarían el reinado del Mesías? Observamos, por ejemplo que la falta de justicia y de paz en el mundo es uno de los motivos que la comunidad judía aduce para negarse a creer que Jesús de Nazaret es el verdadero Mesías. ¿Podemos eliminar estos elementos de nuestro entendimiento sobre el gobierno de Cristo?

¿O hemos de limitar el reinado de Jesús exclusivamente, la iglesia? Las respuestas a cada una de estas preguntas son complejas, pero e sólo en la medida en que nos las planteamos y comenzamos a buscar la respuestas en la Biblia que podemos llegar paulatinamente a entender realmente el concepto del reinado de Cristo.

En determinada oportunidad me formularon una pregunta sobre si el reino di Dios era pasado, presente, o futuro. Quien me hizo esa pregunta tenía en mente el debate que ya hacía unos años estaba teniendo lugar sobre ese tema en lo círculos teológicos, entre personas de la talla de T. W. Manson y C. H. Dodd de Inglaterra, Rudolf Bultmann y Martin Dibelius de Alemania, y Albert Schweitzer. Le respondí con un breve resumen del debate y luego con la afirmación quí el punto de vista bíblico no podía ser expresado de manera adecuada por ninguno de esos tres términos. En un sentido el reino de Dios era pasado, porque Dios siempre había reinado sobre su pueblo y la historia. Pero al mismo tiempo era presente y futuro. Es así como Dios reina en la actualidad y continuará reinando. Cuanto más estudiamos las afirmaciones de la Biblia sobre su reino más sentimos que trasciende estos conceptos temporales.

Quizá lo más importante que deba decirse sobre el reino de Dios es que es el reino de Dios. Lo que esto significa es que está por encima de cualquier reino humano y es infinitamente superior a estos reinos.

Al hojear las páginas de la historia vemos que los reinos de este mundo prosperan y luego se desintegran a través de los siglos. Los historiadores no dicen que el mundo ha conocido veintiuna grandes civilizaciones, todas la cuales han sobrevivido por un tiempo y luego han desaparecido sin ninguna ceremonia. Egipto fue una fuerza muy poderosa en el mundo, pero hoy es débil. No es capaz ni siquiera de contender con el pequeño estado de Israel. Babilonia fue poderosa. Hoy no existe, su territorio está dividido. Siria, otrora poderosa se ha convertido en una curiosidad arqueológica. Grecia y Roma han caído. Además, sabemos que los Estados Unidos de América y la Unión Soviética, si bien hoy ocupan el pináculo del poder en esta tierra, no podrán escapar a esta inexorable ley de Dios para la historia: «La justicia engrandece a la nación; mas el pecado es afrenta de las naciones» (Pr. 14:34). El orgullo las puede hacer caer.

En el libro de Daniel tenemos una maravillosa descripción sobre el curso normal de los reinos de este mundo. Belsasar, rey de Babilonia, había hecho un gran banquete en el curso del cual había profanado los vasos del templo de Dios en Jerusalén. En el medio del banquete, apareció una escritura sobre la pared del palacio, y Belsasar estaba asustado. La escritura decía: «MENE, MENE, TEKEL, UPARSIN. Esta es la interpretación del asunto: MENE: Contó Dios tu reino, y le ha puesto fin. ‘TEKEL: Pesado has sido en balanza, y fuiste hallado falto. PERES: Tu reino ha sido roto, y dado a los medos y a los persas» (Dn. 5:25-28). Daniel le dijo al rey:

«El Altísimo Dios, oh rey, dio a Nabucodonosor tu padre el reino y la grandeza, la gloria y la majestad… Mas cuando su corazón se ensoberbeció, y su espíritu se endureció en su orgullo, fue depuesto del trono de su reino, y despojado de su gloria. Y fue echado de entre los hijos de los hombres, y su mente se hizo semejante a la de las bestias, y con los asnos monteses fue su morada. Hierba le hicieron comer como a buey, y su cuerpo fue mojado con el rocío del cielo, hasta que reconoció

que el Altísimo Dios tiene dominio sobre el reino de los hombres, y que pone sobre él al que le place. Y tú, su hijo Belsasar, no has humillado tu corazón, sabiendo todo esto.» (Dn. 5:18,20-22)

Esa misma noche Belsasar fue muerto y Darío reinó en su lugar.

Este es el curso de los reinos humanos. Dios permite que una persona o un grupo se levante por encima de sus pares en poder, su triunfo los enorgullece y Dios los separa del lugar de poder. Los poderes humanos crecen y decaen, pero Dios reina por encima de estos vaivenes de la historia humana. Dios es el soberano de la historia humana, aun sobre los reinos que están en rebelión contra él. Este aspecto del «reino de Dios» nos sirve de consuelo para quienes de lo contrario estaríamos trastornados por los acontecimientos tan alborotados de este mundo. Jesús dijo: «No os afanéis por vuestra vida» (Mt..6:25-34), y agregó que si bien siempre habrían «guerras y rumores de guerras» sus seguidores no deberían estar preocupados por ello (Mt. 24:6).

Un segundo hecho importante sobre el gobierno de Cristo es que también tiene una dimensión presente. Jesús comienza ejerciendo su gobierno sobre el alma del individuo, trayéndola a la fe y dirigiéndola de ahí en adelante y, luego, gobernando y dirigiendo a su iglesia para que los principios del reino puedan ser vistos en la iglesia y de allí puedan salir y tener injerencia sobre un mundo no creyente. Cuando oramos «Venga tu reino», como lo hacemos en el Padre Nuestro, tenemos en mente este reino presente (y no simplemente una futura venida). Pablo define el reino de Dios como una realidad de tiempo presente: «porque el reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo» (Ro. 14:17).

Desgraciadamente, algunos han extrapolado esta conciencia de la expansión del gobierno de Dios sobre su iglesia y el mundo y han hecho la presuposición errónea que como el reino de Dios viene dondequiera que las personas creen en Cristo y responden al evangelio, el reino inevitablemente continuará expandiéndose hasta que todo o casi todo el mundo crea. Este punto de vista fue muy popular durante el siglo diecinueve. Hoy, luego de la realidad de dos guerra mundiales, una guerra fría, y la evidente decadencia de la influencia del cristianismo sobre el mundo occidental, ha decaído el entusiasmo de este tipo de razonamiento.

De todos modos es sorprendente que esta línea de pensamiento haya sido alguna vez seguida. El mismo Señor había advertido sobre esto en las parábola del reino (Mt. 13), enseñando que vastas porciones del mundo nunca sería convertidas, que los hijos del demonio estarían presentes hasta el final, incluso dentro de la iglesia, que su reino sería total sólo en los tiempos finales, y que incluso entonces sería establecido sólo por su poder y a pesar de una animosidad continua e intransigente. En ese capítulo hay siete parábolas, comenzando con la del sembrador que salió a sembrar y terminando con la historia de la red. Han sido diseñadas para mostrar los últimos diecinueve siglos de historia de la iglesia.

La primera de las parábolas es la parábola del sembrador. Jesús dijo que un hombre salió a sembrar. Parte de la semilla cayó sobre una superficie dura donde fue rápidamente devorada por las aves; otra parte cayó sobre tierra pobre, por lo que brotó rápidamente pero fue consumida por el sol; otra parte cayó sobre malezas y espinos que la ahogaron; y otra parte cayó sobre tierra buena donde produjo a ciento, a sesenta y a treinta. Luego explicó esta parábola, mostrando que la semilla era la palabra de su reino y que la palabra habría de tener diferentes resultados sobre las vidas de quienes la escuchaban. Algunos corazones estarían tan duros que no la podrían recibir, y los compinches del diablo prontamente la harían desaparecer. Otros la recibirían como una novedad, como lo hicieron los atenienses en la época de Pablo, pero pronto perderían el interés en particular cuando viniera la persecución. El tercer tipo serían aquellos que permitirían que la palabra fuera ahogada por las preocupaciones mundanas y se disfrute de las riquezas. Sólo la cuarta clase serían aquellos en los que El evangelio podría tomar raíz.

La parábola significa que sólo una parte de la predicación del reino de Dios llevará fruto. Esta parábola no permite seguir sosteniendo la idea que la predicación del evangelio será cada vez más

y más efectiva y que inevitablemente significará un triunfo total para la iglesia a medida que la historia progrese.

La segunda parábola es aun más explícita para demostrar este punto. Es la historia del trigo y la cizaña. Jesús nos dice que un hombre nuevamente salió a sembrar grano pero que después que lo había sembrado vino el enemigo y sembró cizaña. Las dos plantas crecieron juntas, el trigo verdadero y las otras plantas que parecían trigo pero que no servían de alimento. En la narración los siervos querían arrancar la cizaña, pero el dueño les dijo que no lo hicieran ya que al arrancarla era posible que también arrancaran el trigo. En vez de arrancar la cizaña les dijo que ambas debían crecer juntas hasta el tiempo de la siega, cuando el trigo se recogería y se guardaría y la cizaña se ataría en manojos y se quemaría.

Cuando Jesús estuvo a solas con sus discípulos les explicó que el campo era el mundo, que el trigo representaba aquellas personas que le pertenecían, y que la cizaña eran los hijos del malo. Esto significa que en el mundo siempre habrá los que son los hijos verdaderos de Dios y los que son hijos del maligno. Esto será cierto a través de toda la historia de la iglesia. Además, como muchos de sus hijos se parecen tanto a los hijos que el maligno ha falsificado, nadie ha de intentar diferenciarlos y separarlos en este mundo porque algunos cristianos podrían perecer con los otros. El propósito de esta parábola es mostrar que estas condiciones insatisfactorias permanecerán hasta el fin de estos tiempos.

El propósito de las demás parábolas es semejante; o sea, mostrar que la expansión del reino de Dios estará acompañada por la influencia del maligno y que siempre será imperfecto. Debería ser evidente a partir de la naturaleza imperfecta del reino de Dios, como lo vemos hoy en día, que todavía ha de venir un reino donde el gobierno del Señor Jesucristo haya de ser plenamente reconocido. Este es el tercer punto que debemos hacer sobre el gobierno de Cristo.

Cristo le dijo a sus discípulos que había de existir un reino espiritual a través de todo el «tiempo de la iglesia». Pero enseñó que habría de haber también un reino futuro, literal. En una parábola se comparó a un hombre noble que se fue a un país lejano, para recibir un reino, y luego volver. Mientras, dejó unas minas en manos de sus siervos, encargándolos que le fueran fieles y que estuvieran prontos a rendirle cuenta cuando regresara (Lc. 19:11-27). En otra ocasión, después de su resurrección, los discípulos le preguntaron a Jesús: «Señor, ¿restaurarás el reino a Israel en este tiempo?» (Hch. 1:6). Y él les respondió: «No os toca a vosotros saber los tiempos o las razones que el Padre puso en su sola potestad; pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra» (vs. 7-8).4

Imitadores de Cristo

Para nosotros, la obra del reino de Dios descansa en la última de estas afirmaciones. Somos los testigos de Cristo. Debemos llevar el mensaje de su dominio por todas las ciudades, estados, naciones y por todo el mundo.

Al hacerlo hemos de saber que, por el mismo ejercicio de la autoridad de Cristo en su iglesia, estamos singularmente equipados para nuestra tarea. Él es nuestro profeta, nuestro sacerdote y nuestro rey —y en menor medida, nosotros también somos profetas, sacerdotes y reyes. Somos profetas en el sentido que somos voceros de Dios en este mundo. En los días de Moisés parecía un deseo utópico decir: «Ojalá todo el pueblo de Jehová fuese profeta» (Nm. 11:29). Pero en nuestros días, como resultado de haberse derramado el Espíritu Santo sobre la iglesia en Pentecostés, es una realidad. Ahora, como sostenía Pedro, se han cumplido las palabras del profeta Joel referidas a los postreros días. «Mas este es lo dicho por el profeta Joel: Y en los postreros días, dice Dios, derramaré de mi Espíritu sobre toda carne, y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán: vuestros jóvenes verán visiones, y vuestros ancianos soñarán sueños; y de cierto sobre mis siervos y sobre mis siervas en aquellos días derramaré de mi Espíritu, y profetizarán» (Hch. 2:16-18). Cómo

profetas, le hablamos la Palabra de Dios, a nuestros contemporáneos.

También somos sacerdotes. Es cierto, nunca habrá un sacerdocio como el sacerdocio del Antiguo Testamento. Cristo ha perfeccionado ese sacerdocio para siempre. Pero en cierto sentido todo el pueblo de Dios es como un sacerdote. Todos tienen el mismo acceso a Dios sobre la base del sacrificio de Cristo y todos somos llamados a ofrecernos a Dios en consagración, alabanza y servicio. Pedro habla de esto explícitamente, cuando nos recuerda que somos un «sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo» (1 P. 2:5). Pablo tiene esta misma idea en mente cuando escribe: «Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional» (Ro. 12:1). También, hemos de ejercer nuestro sacerdocio en la oración mediadora por los demás y por el mundo.

Por último, hay un sentido en el cual también somos reyes con Cristo. El libro de Apocalipsis dice de los santos de Dios: «Y nos ha hecho para nuestro Dios reyes y sacerdotes, y reinaremos sobre la tierra» (Ap. 5:10). ¿Cómo hemos de reinar? No enseñoreándonos unos sobre los demás, porque no es así como Jesús ejerce su reino sobre nosotros. Más bien es, como bien lo expresa el himno:

No con el batir de las espadas, ni el redoblar de los tambores,

sino con hechos de amor y misericordia, se aproxima el reino celestial.

Nuestro reino se expresa no por privilegios sino en responsabilidad.

Notas

  1. Charles Hodge, Systematic Theology, II (London: James Clarke & Co., 1960), p. 461. Martín Lutero fue quizá el primero en enseñar explícitamente que Cristo fue un profeta, un sacerdote y un rey, aunque nunca habló de una «función tripartita». Esta diferenciación corresponde a Juan Calvino quien, con el gran don que tenía para la sistematización, la desarrolla en toda su extensión en el Libro 2 de la Institución de la Religión Cristiana (capítulo 15). Este punto de vista fue el seguido por muchos escritores protestantes, en particular por los puritanos ingleses y norteamericanos. La Confesión de Fe de Westminster menciona estas tres funciones en el capítulo «Sobre Cristo el Mediador». El Catecismo Abreviado pregunta de qué manera Cristo «ejecuta» estas funciones, y responde: «Cristo desempeña la función de profeta cuando nos revela, por su Palabra y el Espíritu, la voluntad de Dios para nuestra salvación… Cristo desempeña la función de sacerdote cuando por única vez se ofrece a sí mismo como sacrificio para satisfacer la justicia divina, y así reconciliarnos con Dios, y al hacer una intercesión continua por nosotros… Cristo desempeña la función de rey cuando nos sujeta a sí, gobernándonos y defendiéndonos, y reprimiendo y conquistando a todos sus, y nuestros, enemigos» (Pregunta 24, 25, 26).
  2. Stott, Basic Christianity, p. 22.
  3. He discutido el concepto de Logos con mayor detalle en The Gospel of John, I (Grand Rapids, Mich.: Zondervan, 1975), pp. 37-42, y en Witness and Revelation in the Gospel of John (Grand Rapids, Mich.: Zondervan, 1970), pp. 159-63.
  4. Parte de este material sobre el reino de Dios lo he tomado de mi obra, The Sermon on the Mount, pp. 205-11.
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