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La Rama de Acacia

La acacia es un árbol que, aparece varias veces citado en el Antiguo Testamento ya que de sus maderas se fabricó el Tabernáculo en el desierto y muchos de los muebles y objetos que allí se encontraban tales como el Arca del pacto, la mesa del pan de la proposición, los altares, las varas para transportarlos, las columnas para las cortinas, los armazones y las barras que los conectaban. Este uso, en el sentido práctico, se debió a la existencia de este material en el desierto, a los largos tablones que proporcionaba y a la alta resistencia a las inclemencias del tiempo que presenta el material. Estas y otras razones, han hecho que la Acacia (Sittim en hebreo y Shitáh en las Escrituras) sea considerada sagrada por los hebreos y utilizada en propósitos principalmente religiosos; un ejemplo lo tenemos en la costumbre de plantar una acacia en la cabecera de las tumbas.

En el simbolismo masónico, la Acacia es la representación de la inmortalidad del alma, entendiendo a esta en el mismo significado que la conciencia.

La representación simbólica asignada a la acacia, la encontramos en el siguiente texto, que forma parte de la Leyenda Masónica, “…Muchos días fueron empleados en algunas pesquisas sin efecto, pues una de las logias regresó a Jerusalén sin haber descubierto nada importante; pero la segunda logia fue más afortunada, porque en la tarde de cierto día en que habían experimentado las mayores privaciones y fatigas, uno de los hermanos que se había quedado echado, al querer levantarse, se asió con la mano como para apoyarse, de un arbusto que crecía allí cerca y se sorprendió al ver la facilidad con que se había desprendido del suelo. Examinando con mejor atención, notó que la tierra había sido recientemente removida en aquel lugar y entonces llamó a sus compañeros y reuniendo sus esfuerzos se pusieron a cavar y encontraron el cadáver de su Maestro sepultado de una manera censurable. Lo volvieron a cubrir con respeto y veneración y para recordar el sitio, colocaron una rama de acacia en la cabecera de la tumba…”.

En este punto, es de vital importancia señalar que dos de los Landmarks trascendentales de la masonería se refieren justamente a la inmortalidad del alma y a la Leyenda del Tercer Grado. Respecto al primero, W. Cox Learche sostiene que la inmortalidad, es la continuidad de una realidad indiscutible en el universo y que la masonería no tendría ningún sentido si esta, la inmortalidad del alma, fuese un postulado falso.

Con la muerte, tal como nosotros la conocemos, cesa una forma de manifestación, una forma de vida, dando lugar inmediatamente a otra que no es sino la confirmación de la inmortalidad del Alma. Este hecho es totalmente comprobable y no una quimera, mucho menos un argumento al que asirse para hacer mas llevadera la vida.

La inmortalidad, a la que representa simbólicamente la rama de acacia, no puede ser para nosotros, los masones, sino una certeza… una realidad permanente ya que la inmortalidad de la que estamos tratando no es aquella que se consigue, según los dogmas teológicos, como premio a la vida virtuosa, sino aquellas constantes evolución y transformación del universo entero, manteniendo su esencia y sujetas a la Ley.

Es entonces fundamental considerar este concepto para nuestra evolución, ya que mientras los dogmas afirman que la inmortalidad es una consecuencia de las acciones realizadas durante esta vida, la masonería sostiene que somos inmortales en esta manifestación de vida y en las otras que existen, dándonos con esta certeza, el contexto real en el que deberemos evolucionar para cumplir el Plan de Dios, que no es otro que alcanzar la perfección para comulgar íntegramente con El.

El Hombre como tal está conformado por siete vehículos de manifestación o “cuerpos”, los cuales son el ámbito en el que el H:. debe evolucionar en la masonería (haciendo un paréntesis, es importante sostener que la masonería en su esencia tiene sólo tres grados y que cada uno de ellos corresponde al desarrollo del Cuerpo, el Alma y el Espíritu. Sin embargo de esto, de acuerdo a los diferentes Ritos, el desarrollo del Tercer grado ha sido sub-dividido en varios grados. En el tercer grado correspondería, entonces, abordar el tema del espíritu). Cuerpo, Alma y Espíritu, corresponden a los siete vehículos citados, los cuales están agrupados en el cuaternario inferior y el ternario superior.

Evoluciona el masón del primer grado su cuerpo físico y etéreo (Cuerpo), en tanto que el Compañero dedica sus esfuerzos a conocer y desarrollar su cuerpo astral o emocional (su alma) y se adentra en su mente inferior tratando de enlazar el alma con el espíritu. Al llegar al Tercer Grado, el masón conoce que debe evolucionar su espíritu, pero debe  hacerlo muriendo previamente a su actual forma de vida y renaciendo en su cuerpo mental inferior por el poder de la ínfima manifestación de vida que ha quedado en él después de cruzar el umbral de la muerte física, manifestación que se engrandece a la luz del lucero del amanecer que alumbrará sus pasos a partir de ese momento. Su misión consiste ahora en encontrar al Maestro asesinado a quien personifica y para hacerlo deberá ubicar el lugar de su tumba y resucitarlo con el poder de la vida y conocer la Palabra Perdida o sea a él mismo.

En este punto retomemos la Leyenda masónica y hagamos un ensayo de interpretación de la misma en base al simbolismo que presenta. Estaban los buscadores ya desanimados en tratar de encontrar al Maestro asesinado (esto se refiere al hombre cansado de pretender encontrar el conducto de comunicación entre el alma y el espíritu, agotado de no ver el fruto de sus esfuerzos al tratar de conocer y armonizar su naturaleza física y emocional, al punto de querer renunciar a su propósito)… cuando se detienen en lo alto de una colina (las colinas generalmente son simbólicas representaciones de la mente y esta parte del relato hace referencia a que el Hombre aún sin percibirlo conscientemente ha llegado al umbral de su composición mental, está allí, pero no se da cuenta donde se encuentra) y allí en un intento casi instintivo (sino no más bien intuitivo, tal como se conocen las verdades del universo cuando la razón a su límite) uno de ellos (es decir un pequeño residuo de la fuerza de su propósito que le queda) descubre la rama de acacia plantada como seña en la tumba precaria del maestro (es decir descubre la inmortalidad en el último instante de su afanosa búsqueda, cuando sentía que ya no poseía fuerzas para hacerlo). A partir de ese momento, de ese atardecer que se convierte en luz permanente por el hallazgo, procede a efectuar las labores propias del que ha alcanzado a mirar y percibir la esperanza, el inicio del camino hacia la verdad. Comunica su hallazgo a Salomón (que representa al Hombre mismo, a su propia conciencia) y procede, junto a sus acompañantes (es decir él íntegramente) a depositar el cadáver del Maestro en un lugar seguro y sagrado, donde, desde ese momento, se realizaran los trabajos evolutivos (el Maestro es depositado en el centro de sí mismo y ese es el punto desde el que debe trabajar en su evolución tanto inferior como superior en perfecto equilibrio y armonía).

La inmortalidad es, entonces, una característica presente de cada hombre… la acacia es la esencia misma de cada uno de nosotros y del universo… es decir que somos inmortales aquí y ahora, y si bien es cierto que nuestra manifestación física es finita, lo es también el hecho de que nuestra existencia es eterna en obediencia al Plan concebido por Dios al crear el Universo. Esto es lo que representa simbólicamente la rama de acacia y los mas importante es que la comprensión de este significado, debe hacernos vivir en consecuencia. Es decir, trabajando permanente en nuestra evolución consciente.

La masonería tiene como símbolo central de su doctrina al Triángulo equilátero, figura que tiene equilibrio perfecto entre sus lados y ángulos. Esta figura geométrica nos enseña el equilibrio que debemos construir entre nuestro Cuerpo, Alma y Espíritu durante nuestra existencia (hablamos de la eterna), este argumento cobra vital importancia en el sentido de que, aplicándolo a nuestra actual existencia o manifestación física, debemos hacer que ella sea una continua manifestación de pensamientos y sentimientos convertidos en acción. Esto debe manifestarse en los hechos cotidianos y debe traducirse en la calidad de la convivencia con nuestro núcleo familiar y social. No podemos, los masones, pretender ser contemplativos, ni ineficaces o incapaces de producir resultados… Conocemos que somos inmortales y debemos actuar en consecuencia, sembrando permanentemente, pero asegurándonos también de que las cosechas sean reales y abundantes. La rama de acacia nos muestra cada día… nos recuerda a cada instante, que somos inmortales y nosotros debemos proceder a honrar esa calidad con pensamientos, sentimientos y acciones trascendentales que nos permitan avanzar en nuestra evolución consciente y de esta manera enmarcar nuestra existencia en el Plan de Dios.

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