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La masonería: Ciencia, virtud y trabajo

Cuando profanos llamamos a las puertas del Templo para ser iniciados en los misterios de la Mas., con el corazón palpitante y la emoción en todo nuestro ser ante la presencia de lo desconocido, escuchamos tres palabras tranquilizadoras a nuestro oído con insistencia repetidas: Ciencia, Virtud y Trabajo.

Estas mágicas palabras cuya halagadora promesa un tiempo hacia viajar al través de procelosos mares en imperfectas embarcaciones a los Pitágoras y Herodotos para buscar su resolución en las penumbras de la sacerdotal Tebas; esta Trinidad poderosa que, descendida a la tierra, la convertiría en paraíso y digna morada de dioses, estas tres palabras ciencia, virtud y trabajo o sea la deificación de la inteligencia, la deificación del sentimiento y la deificación de la actividad, han de ser el objeto de la presente conferencia estudiándolas en el seno y en el concepto de la moderna masonería.

Ciencia diréis tal vez, ¿qué ciencia se debe buscar en el templo Masónico? La ciencia pudo haberse refugiado en él durante las épocas bárbaras para levantar los sublimes monumentos arquitectónicos de las pasadas centurias, como se refugiaron las bellas letras en los tranquilos y sosegados claustros de los monasterios, pero hoy la ciencia está libre, se ofrece a todos y no se la ha de buscar ciertamente en las tenidas semanales de las logias sino en las Universidades, en los Centros Científicos y en los gabinetes de los Sabios.

Conforme, querido hermanos. ¡La ciencia está libre como la luz su inspiradora! La Mas. ha sido su nodriza, la ha guardado como una llama sagrada mientras rugía la tempestad, y vuelta la calma, la ha entregado al mundo para que se alumbre con sus rayos! ¿Qué hubiera sido de la ciencia sin los misterios de que la rodearan los sacerdotes egipcios y los antiguos magos? Como semilla, apenas roto el perispermo, entregada a las furias de los elementos, habría perecido en manos de la ignorancia y del abandono.

Las Mas., sometiendo a duras pruebas a los neófitos de la ciencia, — porque Masonerías eran los misterios de Isis, Eleusis, de la gran Madre etc. — se aseguraban por ese medio de que el suelo donde iba a depositarse le semilla la haría germinar, de que el que iba a recibir la luz la iba a defender contra todos los embates.

Más tarde, una Religión, pretendiéndose la única poseedora de la verdad, quiso sujetar y tiranizar a la ciencia que decía otras verdades y promulgaba cautiverio. ¿Quién la libró? La Mas., proclamando la libertad de la razón humana y trabajando para que se la reconociese.

¡Sí! la Ciencia está ya libre ¡pero su espíritu vive en el templo como alienta en medio de las ruinas de Roma el espíritu de sus heroicos varones aun después de la proclamación de sus leyes sabias! Y en este concepto invocamos aquí el nombre de ciencia, y la Mas. volverá a luchar por ella cuando se encuentre en peligro, como lucha para que Filipinas le abra sus cerrados horizontes.

Con respecto, a la palabra Trabajo, no os sonriáis al pensar en lo que hacemos en nuestras reuniones semanales de tres horas cuando más. Cierto es que en el mundo profano atruenan las máquinas agitando sus brazos de acero y removiendo el aire con sus poderosos volantes y sus dobladas excéntricas; cierto que en los inmensos talleres trabajan en activa colmena el niño, el joven, la doncella, la esposa, el anciano, el hombre en la producción de mil objetos necesarios a la vida; cierto que el trabajo hace ahora vibrar al mundo en todas sus moléculas y poros, desde las entrañas de la tierra donde el minero arranca el carbón, más útil mil veces que el preciado diamante, hasta la alta cima de los nevados montes que escala la locomotora respirando fuego arrastrando consigo el pensamiento humano; cierto y muy cierto que nuestra actividad es nada, al lado del buzo que desciende en los abismos de los mares, del explorador que se interna en continentes misteriosos,  del ingeniero que no contento con el camino libre de los océanos va a cortar continentes, abrir canales, surcar el aire en busca de nuevas vías! Todo esto es verdad, pero no olvidemos que si estas maravillas se contemplan ahora ha sido gracias a la libertad masónica y a la buena distribución de los obreros instituida desde antiguo por los egipcios masones. Cuando veamos al joven robusto y activo al lado de la madre decrepita y débil, pensemos en que ella le ha llevado en su seno, le ha cuidado tierno niño, y le ha dado la savia de sus pechos.

El taller masónico era antiguamente un verdadero taller donde se discutían los planes de los trabajos que aun hoy admira el mundo como los templos de Bulak, la catedral de Estrasburgo, la de Colonia etc.; en el seno de los talleres Masónicos de la Santa Wehma se refugió la libertad humana para trabajar contra los castillos feudales de la feudal Alemania, y en talleres masónicos fue también donde el espíritu del hombre trabajó noche y día para derribar la siniestra Bastilla, ¡hundir un trono, igualar a los hombres y complementar la grande obra del Nazareno! ¿Qué? ¿Acaso el obrero que hace saltar la piedra de la cantera para con ella levantar las paredes de un palacio, morada del orgullo y del placer, o los muros de una prisión, antro de la desesperación y del lamento, acaso este masón de los antiguos tiempos trabajara más que el masón cuya inteligencia se aguza y se fortalece para destruir toda denigrante desigualdad y para levantarle al hombre redimido su esplendente morada, amasada tal vez en sangre de tirano?

No, queridos hermanos: el masón moderno trabaja y debe trabajar aún: que los masones de los pueblos libres se ocupen del engrandecimiento del comercio y de las obras de beneficencia enhorabuena ¡Pero no deben descansar mientras la tierra alimente un tirano, mientras la noche recoja en sus ecos las quejas del oprimido, mientras haya esclavos, mientras haya opresores! Y este trabajo es quizás el más grande que la Mas.: jamás se haya impuesto y es el único digno de su nombre universal.

Ahora pasemos al estudio de la Virtud, que adrede he dejado para lo último por considerarlo como el tema más importante de la Masonería.

¡Virtud, virtud! ¡Tú no eras más que un nombre! decía Catón hace diez y nueve siglos, y quizás muchos de entre vosotros repitan ahora la misma frase al oír la extraña palabra. Schiller exclamaba: ¿Cuándo dejaría de oír hablar de ti, oh virtud? El día en que se te alabe menos, estarás entre los hombres.

¿Qué virtud practicamos dentro de este recinto? Quizás vuestras conciencias en el fondo de vuestros corazones como de los templos refrenamos, se sonrían melancólicas, y como desengañadas al sonido de este   nombre. Quizás tengáis razón, pero antes de pasar adelante, veamos que entendemos por virtud porque encierra una idea que está en boca de todos y sobre la cual no están conformes todos los pueblos.

El chino ve la virtud en el respeto a los mayores, en el culto a los antepasados y en la práctica de sus infinitos ritos y ceremonias; el indio en la inmovilidad corporal y estática, considerándose santo aquel que pueda conservar sin moverse una postura determinada durante meses y meses; el persa la hallaba en la pureza de la vida siendo por eso su símbolo el fuego purificador; la virtud del judío consistía en temer a su Jehovah, cumplir con los preceptos materiales de su Deuteronomio y esperar el advenimiento del Mesías para entrar en posesión del mundo entero. La virtud del griego consistía en el estoicismo, en saber sufrir todos los males con perfecta tranquilidad de ánimo, por eso el espartano ofrecía ante ella sus más caros sentimientos, sus impulsos más naturales, creyéndola feroz y sin entrañas, mientras que el budista la practicaba en la dulzura de las costumbres y en el amor al prójimo.

Por otra parte, Roma  buscaba la virtud en la entereza, en el sentimiento varonil, y por eso la llamaba virtus como si dijésemos virilidad: para ella era virtuoso el que se conservaba hombre, el que se sabía sacrificar en los grandes peligros, el que sabía morir por las leyes, por el nombre y la gloria de Roma. Vino el Cristianismo, trastornó muchas creencias, y en un principio ¿en qué consistieron las virtudes Cristianas? La religión cristiana   heredera, resumen y esencia de las religiones todas, reflejó en sus virtudes las de todas ellas, y santificó la humildad, el estoicismo, la pureza, agregando a estas, como verdadera oriental, la caridad, virtud que el   Mahometismo   elevó después a sublime altura.

Más tarde las doctrinas se adulteraron,  faltó la fe, el espíritu religioso fermentó en espíritu de secta, los que predicaban igualdad y   pobreza quisieron ser señores y ricos, y entonces la virtud se confundió con la intolerancia y el fanatismo y cuando más inofensiva adoptó las formas de la antinaturaleza. Fue virtud el celibato forzoso cuando Dios dijo creced y multiplicaos; fue virtud el horror a lo bello, el odio al amor cuando toda la naturaleza es hermosa, cuando desde la Luna a la flor toda la creación predica amores, fue virtud el ayuno y la abstinencia cuando el hombre necesita desplegar y multiplicar sus fuerzas para   emplearlas en servicio de sus semejantes; fue virtud el azotarse y rebajarse cuando el dolor es la protesta de la naturaleza y cuando el reptil mora en el fango y Dios en las alturas, y en fin, fue virtud la ignorancia misma cuando la sabiduría es atributo divino, cuando la inteligencia es un don y cuando el hombre solo se redime merced a sus profundos estudios.

Siglos bárbaros, queridos hermanos, aquellos en que las emanaciones de los claustros trastornaron de manera las inteligencias humanas. Pero aún podía descender más y la caída de la razón fue más grande y más profunda todavía, y entonces se llamaron virtudes: el odiar a los hombres que no profesen la misma fe, el destruirlos y quemarlos; el recitar palabras sobre palabras, disparates sobre disparates y quizás blasfemias sobre blasfemias delante de imágenes de hombres santificados y deificados; se llamó virtud el creer en imposibles y el rechazar las conclusiones de la ciencia y de la experiencia, virtud, la fe en el absurdo, el dar al Papa para que sostengan su boato, el dinero que se niega al joven para que ilustre su inteligencia, virtud la locura, la insensatez, lo ridículo y hasta los mismos vicios con tal de darles cierta capa de religión.

Descendido a este abismo el criterio humano y espantado de su caída vuelve la vista hacia lo pasado y suspira por la virtud de las heroicas edades.

¿Qué eres, oh virtud? Eres un vano nombre, eres la fuerza de voluntad que resiste a todos los sentimientos naturales. ¿Eres  quizás una   palabra inventada por algún maligno egoísta, para que alucinados los cándidos ante el brillo de tu gloria se inflamen los sentimientos generosos para él después explotarlos? ¿Te han inventado a ti los poderosos para acostumbrar a los oprimidos a que bajen el cuello, o te invocan a ti los infelices para que eches en cara su conducta a los opresores? ¿Eres una protesta o eres un engaño?

¿Eres el patriotismo que agrupa a los pueblos en grandes familias, o eres el individualismo que pone al hombre en lucha con los demás hombres?

Si hemos de admitir el principio del vulgo que toma por virtud el sentimiento cuya práctica redunda en bien de los demás y en perjuicio del que lo hace, en España la virtud sería no ser empleado, no ser orador y ser un acreedor paciente y sufrido; en China como en el resto del mundo sería el dejarse engañar por todos, en Francia el dar y nunca recibir pourboires, etc.

Ante tantas contradicciones de las apreciaciones humanas, la conciencia necesita una norma.

Por virtud debe entenderse el constante cumplimiento del deber, así como por vicio la constante infracción del mismo y en este sentido la palabra virtud entra de lleno en el taller masónico pudiendo decirse que es el fin de la Masonería y su única vida.

Por virtud entendemos el constante cumplimiento del deber. En esta definición tenemos que aclarar la palabra deber. ¿Cuál es el deber del hombre en las edades modernas?

El principio de haz el bien es muy vago; el de no hagas a los otros lo que no quieres que te hagan a ti es defectuoso porque ¡cuántas cosas debemos hacer a los demás que no queremos que se hagan a nosotros! La limosna, por ejemplo, es una. El principio de amar a tu prójimo como a ti mismo es muy hermoso pero impracticable: es divino, pero eso no es humano; no hay hombre que pueda sentir la misma afección a la vista de un prójimo cualquiera.

El deber del hombre moderno a mi ver es trabajar para la redención de la humanidad,  porque una vez dignificado el hombre habrá menos desgraciados y más felices en lo que cabe dada nuestra condición. La humanidad no estará redimida mientras haya hombres explotados, mientras haya razas oprimidas, mientras unos pocos vivan de las lágrimas de los muchos, mientras haya inteligencias castradas, y ojos cegados, para que otros vivan como sultanes v solo ellos se recreen ante la contemplación de la hermosura. La humanidad no estará redimida mientras la razón no sea libre, mientras la fe quiera imponerse a los hechos, mientras que los caprichos sean leyes y mientras haya naciones que sojuzguen a las otras. La humanidad para que conquiste el alto destino a que Dios la guía, necesita que en su seno no haya disensiones ni tiranías, que las plagas no la diezmen y que no resuenen en su marcha ayes y maldiciones. Es menester que su triunfal carrera pase al compás de los cánticos de gloria y libertad, la faz brillante y la frente serena.

Así la Masonería predica y practica el santo principio de la libertad, igualdad y fraternidad entre todos los hombres y en ellos consisten las virtudes masónicas, las únicas virtudes cuyo cumplimiento desterrará de entre los hombres las guerras y los abusos y traerá el reinado soñado por todos los grandes reformadores. En este concepto, hoy por hoy la virtud no tiene más templo que el templo más. de donde parten algunos destellos que iluminan a muchos pensadores profanos; en este concepto la virtud deja de ser una cualidad estéril, rara, antinatural, feroz o devota; la virtud se hace hermosa, civilizadora, universal, porque ¿qué más hermoso hoy que la libertad, la igualdad y la fraternidad de todos los hombres? Ruedan las miríadas de mundos en paz y libertad al través de los piélagos del espacio sin fin, y en su divino curso entonan un himno de amor al que los ha creado; las águilas cruzan en majestuoso vuelo los aires  y unas a otras se observan y se respetan; los desiertos van cada cual a su caza sin destrozarse entre sí, sin tiranizarse; los árboles elevan al sol su majestuosa copa y susurran y confían al céfiro el canto de gracias porque la luz les vivifica y viste de colores; las flores asoman sus frescas cabezas llenando el aire de perfumes y sonrisas, la vida, la alegría, el amor, la libertad nacen en todas partes aun de la misma muerte y de la misma basura, tan solo el hombre es enemigo del hombre, tiraniza a sus semejantes, oprime a todos, trasmite sus iras y sus enfermedades a los animales que caen bajo su poder, y se goza en la humillación de sus hermanos; el llanto anuncia su vida, las miserias y los combates tiñen la tortuosa estela de su existencia con lágrimas, sangre y hiel; los vicios, las enfermedades y las pasiones, producen su muerte que por lo regular se desenvuelve entre terrores y sufrimientos, y como los tiranos que envidian, rugiendo y llorando lágrimas  de fuego, la  suerte de los campesinos,

¡el hombre, el rey de la creación, envidia llorando también la suerte de insectos, la suerte de la mariposa que, flor entre flores, se alimenta de néctar, nace con la aurora y muere con el día sin ver para fortuna suya las sombras tristes de la noche!

Por: José Rizal

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