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LA INDIFERENCIA

“Si no escalas la montaña, jamás podrás disfrutar del paisaje” (Pablo Neruda) Nuevamente vamos a ocupar esta columna para desarrollar algunas ideas sobre el término del titulo que corresponde a otra anti virtud y que lamentablemente está cundiendo en nuestra sociedad a diferentes niveles y estratos económicos, culturales y de edad, siendo más preocupante el que afecta a nuestra juventud. Indiferencia, del latín ―indifferentĭa‖, es el estado de ánimo en que una persona no siente inclinación ni rechazo hacia otro sujeto, un objeto o un asunto determinado.

Puede tratarse de un sentimiento o una postura hacia alguien o algo que se caracteriza por resultar ni positivo ni negativo. Por ejemplo: ―Algunas cosas me ponen furioso pero esto, la verdad, no me produce más que indiferencia‖, ―La indiferencia de gran parte de la sociedad ante el dolor del prójimo es repugnante‖. La indiferencia, por lo tanto, es un punto intermedio entre el aprecio y el desprecio. Si alguien siente aprecio, ese sentimiento resultará agradable y activo; en cambio, si siente desprecio, se tornará en algo que se pretende rechazar. Al mostrarse indiferente, el sujeto se vuelve apático al respecto. Y aquí surge otro término muy de moda en la actualidad que es el de la apatía, la que llevada al extremo causa total indiferencia y la tan mentada depresión, que obliga a cientos de personas, especialmente jóvenes que no sientan aprecio ni siquiera por su propia vida, hipotecando su presente y futuro en razón a un eventual hecho del pasado, dejando pasar los días, semanas y meses aferrados a un mal recuerdo, pero sin la energía de volver a recuperarse para enfrentar un nuevo camino, con esperanza, confianza y sobre todo seguridad en que existen días mejores.

Respecto a ciertos asuntos, la indiferencia es vista como un problema psicológico o social. Hay casos en que la persona indiferente puede ser acusada de insensible o fría, como si tuviera las emociones o los sentimientos anestesiados. Esta actitud de indiferencia ocasiona no solamente problemas a la gente joven e inexperta, sino también se la ve en sociedades conformadas por gente mayor, profesionales y hasta en hogares, donde la laxitud del ―ser vencido‖ se sobrepone a la fe en que construir algo implica un esfuerzo, algunas caídas y problemas, debiendo quedar siempre la esperanza en llegar a la meta ansiada, o cuando menos apreciar el camino avanzado en lugar del que falta por atravesar. Similar actitud se contempla en algunas instituciones y países, en los que sus miembros comentan entre murmullos sus críticas, pero sin atreverse a expresarlas de frente, a defender sus ideas y sobre todo a colocarse al frente, para asumir responsabilidades no solo desde la crítica, sino de la construcción lenta y pausada, pero constante y segura de una mejor institución o de un mejor país. La indiferencia no es solamente la inacción que socava los principios personales, sino es también la causa y origen del resquebrajamiento y hasta destrucción de instituciones, pues éstas no existen ―per se‖ sino en consonancia con lo que piensan y hacen sus componentes. En concreto, los expertos en la psicología humana estudian a fondo esa cuestión y llegan a las siguientes

conclusiones:

• La indiferencia se emplea por parte de individuos con un fuerte y marcado carácter autodefensivo que encuentran en ella la llave perfecta para evitar ser menospreciados, ignorados, heridos o puestos en tela de juicio.

• En esos casos, lo que se produce es que la persona en cuestión se aísla del resto y dificulta sus relaciones sociales.

• También es usada por personas que tienen mucho miedo al dolor y al sufrimiento así como que cuentan con necesidad de cariño pero lo ocultan para no llevarse decepciones y para evitar que, al abrir su corazón, puedan ser heridos por el rechazo, la mentira o la infidelidad.

• Es especialmente interesante subrayar que entre las numerosas personas que usan la indiferencia como escudo se encuentra un elevado porcentaje de adolescentes. Y es que consideran que la misma les ayuda para hacerse más fuertes en sus relaciones con los demás e incluso con sus familiares.

En este sentido, para algunos filósofos, la indiferencia es la negación del Ser ya que supone la ausencia de creencias y motivaciones. Quien es indiferente no siente ni actúa, manteniéndose al margen. Si un hombre caminando por la calle, se cruza con un niño lastimado y, en lugar de detenerse, sigue su camino indiferente, lo más probable es que sea condenado socialmente. Como parte de la comunidad humana, se espera que las personas tengan empatía y puedan demostrar su solidaridad cuando alguien requiere de ayuda. No obstante, es importante saber que, en muchas ocasiones, la indiferencia no es sinónimo de frialdad sino simplemente de especial sensibilidad. Puede parecer una contradicción pero no lo es. Y es que multitud de personas muy sensibles y frágiles optan por hacer uso de la indiferencia como escudo para protegerse y evitar ser heridas. De una u otra manera la actitud de la indiferencia causa más problemas que soluciones, pues al conformarse con lo que existe o con lo realizado, nos estamos ahogando en nuestra propia mente, privando a la misma de su maravilloso poder creador, que actuando correctamente motivada ha sido capaz de transformar sociedades enteras hasta llegar al actual mundo de desarrollo científico y tecnológico que ayuda al ser humano en sus diferentes menesteres de vida, agilizando no solamente el tiempo sino fundamentalmente liberándolo de tareas rutinarias y pesadas. La apatía, indiferencia o incredulidad sobre el progreso del ser humano y de sus diferentes estamentos sociales, va en contra de la razón de existir y origina con su concomitante efecto contagioso, la caída de instituciones, de estratos familiares y hasta de poderes políticos sociales. Deberemos pues, en consecuencia, actuar siempre con la fe puesta en ver “el vaso medio lleno, en lugar de medio vacío”, pues ese deberá ser el norte que guie la brújula de nuestras vidas y cada uno de nuestros pensamientos y actos, en beneficio no solamente personal, sino también familiar, social y quizás hasta de especie humana. “Vivir es despertar cada mañana, con la idea de que algo maravilloso está a punto de suceder” (Lao Tze)

SAFO

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