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ALMA Y ESPÍRITU

QQ:.HH:., comienzo diciéndoles que somos espíritu, somos seres divinos, que tenemos el poder dentro de nosotros, nuestro ser divino vive en el corazón de cada uno de nosotros, ahí mora desde que nacemos y se convierte en el cuerpo astral, hasta llegar a lo dimensional. Una de las cosas que quiero dejarles en esta sublime cámara, transitando en este plano y en los que transitare en mi constante ascensión, es que cuando llegamos a este cosmos se nos pone el velo del olvido y olvidamos vidas pasadas, pero si recordáramos quienes fuimos, esto nos induciría al estudio y conceptualización de estos dos conceptos (alma y espíritu) además del cuerpo, para formar la trilogía, que a su vez conforma la conciencia del ser. El cuerpo es el conjunto de todas las partes materiales que componen el organismo, es decir la estructura física y material del ser humano, el alma corresponde al ser, el Yo que habita en el cuerpo y actúa a través de él y el espíritu es una energía que está localizada en cada célula y específicamente en cada átomo, el espíritu, bajo mi percepción, va más allá QQ:.HH:. es el alma racional, el don sobrenatural que el G:.A:.D:.U:. concede a algunas criaturas o la virtud que alienta al cuerpo para actuar, entonces, es un sistema perfecto (cuerpo, alma y espíritu), ya que esto nos traslada a niveles de conciencia superiores porque existen formas de inteligencia que a veces sobrepasan nuestro entendimiento y van más allá de nuestra imaginación y esto es el ser infinito.

Al revisar algunos textos antiguos, estos nos confirman la importancia que tenía en el mundo clásico, tanto para la sociedad como para el individuo, la idea de que el hombre se componía de Cuerpo, Alma y Espíritu.

Para Descartes (1596 – 1650), el Alma fue comprendida como la parte síquica del hombre, lo que hoy conocemos como la mente; el Espíritu era visto como perteneciente a una dimensión intemporal, impersonal y metafísica.

En Descartes estuvo el origen de la confusión entre Alma y Espíritu. Lo que anteriormente era claramente diferenciado como procedente del Alma (lo psíquico), o proveniente del Espíritu (lo metafísico), en la actualidad es ignorado por la civilización occidental. Sin negarle los méritos que sin duda le corresponden, Descartes tiene una gran responsabilidad en esa reducción de la existencia al binario Cuerpo – Alma, a través de su teoría «pienso luego existo».

A través de la desviación materialista de la existencia, la civilización occidental ha llegado a un limitativo dualismo «Cuerpo-Alma», una visión binaria que ha conducido al hombre a creer que solo es cuerpo e intelecto, o mejor dicho cuerpo y mente, ya que la palabra intelecto designaba antiguamente la capacidad de captación espiritual y no la capacidad mental racional como lo designa hoy en día.

Esta visión binaria y reductora ha conducido al hombre a negar toda dimensión trascendental a su existencia, es decir, a una concepción materialista de la vida. Concibiendo al hombre como Cuerpo y Mente y olvidando el Espíritu, se limita la existencia de cualquier dimensión superior y por tanto cualquier salida a las simples emociones y los procesos mentales.
Al ignorar el Intelecto o la Intuición Intelectual (el Budhi para los orientales), se cierra el acceso a una realidad que permita al hombre conocer las verdades absolutas de su Ser. Sin dejar de lado al Espíritu, el ser humano permanece encerrado en la duda y en lo relativo, ya que la mente pensante no puede llegar a lo que está por encima de ella. Solo el Intelecto, o sea el Espíritu, puede hacerlo.

Este hombre que se entiende dual «Cuerpo-Alma», contiene potencialidades que le son insospechadas y que, por cerrar el acceso al conocimiento que abre la conciencia del Espíritu como tercer componente del Ser, deja al ser humano en una especie de estado larvario anterior a la metamorfosis. Metamorfosis por la que debe pasar el hombre en su segundo nacimiento, según los Evangelios y los escritos de Pablo de Tarso. La condición previa a este nacimiento es la «muerte del hombre viejo», la disolución del ego cuyas manifestaciones arraigan en el psiquismo, lo que en realidad no es sino un proceso iniciático.

La diferenciación entre lo psíquico (Alma) y lo espiritual (Espíritu), pasa por un proceso de observación de las manifestaciones del ego; permitiendo con esto, ver el límite de la irrealidad del hombre «Cuerpo-Alma».

Volver a una concepción ternaria del hombre es una vía de esperanza, en la cual puede ponerse de manifiesto un posible porvenir para una gran parte de la Humanidad, abandonada al materialismo y a la negación de la trascendencia, tal como lo expresa René Guénon en su libro: «Spiritus», «Anima», «Corpus».

La división ternaria es la más general y al mismo tiempo la más sencilla que pueda establecerse para definir la constitución de un ser vivo y en particular la del hombre, porque está claro que la dualidad cartesiana de «espíritu y cuerpo», que en cierto modo se ha impuesto en todo el pensamiento occidental moderno, de ninguna manera puede corresponder a la realidad. La distinción del espíritu, alma y cuerpo, es además unánime en su aceptación por todas las doctrinas de Occidente, tanto en la Antigüedad como en la Edad Media; el que más tarde se haya llegado a olvidarla hasta el extremo de no ver ya en los términos de «espíritu» y «alma» nada más que sinónimos, es quizá uno de los ejemplos más asombrosos que se pueda dar, sobre la confusión que caracteriza a la mentalidad moderna.

Esta distinción de espíritu, cuerpo y alma, se aplicó tanto en el microcosmos como en el macrocosmos, siendo análoga la constitución del uno al otro, de modo que, necesariamente, se van a encontrar elementos que se corresponden rigurosamente por una y otra parte. Esta consideración, en los griegos, parece vincularse sobre todo a la doctrina cosmológica de los Pitagóricos, que, por lo demás, no hacían otra cosa que «readaptar» enseñanzas mucho más antiguas. Platón se inspiró en esta doctrina y la siguió mucho más de cerca de lo que se cree y en parte, a través de él, se transmitió a filósofos que posteriormente trabajaron en esta doctrina como los Estoicos, cuyo punto de vista, mucho más exotérico, deformó las concepciones reales.

Los Pitagóricos consideraban un cuaternario fundamental que comprendía en primer lugar al Principio, trascendente con respecto al Cosmos, después, al Espíritu y el Alma universales y, por último, a la Hyle primordial. En cuanto al Principio trascendente, en ciertos aspectos corresponde al «Cielo» de la Gran Tríada, pero, no obstante, por otra parte, se identifica también con el Ser o la Unidad metafísica, esto significa el Tai-ki. Sea como fuere, los estoicos deformaron esta enseñanza en un sentido «naturalista», perdiendo así el Principio trascendente sin considerar más que un «Dios» inmanente que, para ellos, se asimilaba pura y simplemente al Spiritus Mundi; no al Anima Mundi, contrariamente a lo que parecen creer algunos de sus intérpretes afectados por la confusión moderna de espíritu y alma ya que en realidad, para ellos, lo mismo que para aquellos que seguían fielmente la doctrina tradicional, esa Anima Mundi nunca tuvo un papel simplemente «demiúrgico», en el más estricto sentido de la palabra, en la elaboración del Cosmos a partir de la Hyle primordial.

Refiriéndose a la elaboración del Cosmos, siendo más exacto referirse como la formación del Corpus Mundi, en primer lugar porque la función «demiúrgica», es una función «formadora» y en segundo lugar porque, el Espíritu y el Alma universales también forman parte del Cosmos; en cierto sentido, porque pueden considerarse desde un doble punto de vista, que también corresponde en cierto modo a lo que antes llamábamos punto de vista «genético» y punto de vista «estático», sea como «principios» (en sentido relativo), o como «elementos» constitutivos del ser «macrocósmico». Esto proviene del hecho de que se trata del ámbito de la Existencia manifestada, considerando que estamos de este lado de la distinción entre Esencia y Sustancia; sin embargo, del lado «esencial», Espíritu y Alma son como «reflexiones» del Principio mismo de la manifestación a niveles distintos; del lado «sustancia», por el contrario, aparecen como «producciones» surgidas de la materia prima, aunque determinando sus producciones posteriores en sentido descendente y ello porque para situarse efectivamente en lo manifestado, es menester que se hagan parte integrante de la manifestación universal. La relación entre estos dos puntos de vista se representa simbólicamente por el complementarismo del rayo luminoso y el plano de reflexión, necesarios ambos para que se produzca una imagen, que, por una parte, la imagen sea un reflejo de la fuente luminosa misma y por otro lado, se sitúe en el grado de realidad señalado por el plano de reflexión; para emplear el lenguaje de la tradición extremo-oriental, el rayo luminoso corresponde aquí a las influencias celestiales y el plano de reflexión a las influencias terrenales, lo cual coincide con la consideración del aspecto «esencial» y el aspecto «substancial» de la manifestación.

Estas observaciones acerca de la constitución del «macrocosmos», se aplican también al espíritu y al alma en el «microcosmos»; solo el cuerpo no puede ser jamás considerado como «principio», porque siendo resultado y término final de la manifestación, no es más que «producto» y no puede convertirse en «productor», bajo ningún aspecto. Por esto, el cuerpo expresa la pasividad substancial tan completamente como en el orden manifestado sea posible; Sin embargo, con esto también se diferencia de forma evidente de la Sustancia misma, que en cuanto principio «maternal» concurre a la producción de la manifestación. En este aspecto, se puede decir que el ternario espíritu, alma y cuerpo está constituido de un modo diferente, a los ternarios formados con dos términos complementarios y en cierto modo simétricos y un producto que ocupa una posición intermedia entre ellos; en este caso los dos primeros términos se sitúan del mismo lado con respecto al tercero y si bien éste, puede ser considerado todavía como su producto, ya no desempeñan un papel simétrico en tal producción: el cuerpo tiene su principio inmediato en el alma, pero no procede del espíritu sino indirectamente y por intermedio del alma. Solamente cuando se considera al ser como enteramente constituido, desde el punto de vista «estático», viendo en el espíritu el aspecto «esencial» y en el cuerpo el aspecto «substancial», puede encontrarse una simetría en este aspecto no tanto entre los dos primeros términos del ternario, sino más bien entre el primero y el último; entonces, en el mismo aspecto, el alma es intermedia entre el espíritu y el cuerpo, (lo cual justifica su designación como principio «mediador»), pero no por ello deja de ser, como segundo término, forzosamente anterior al tercero y por consiguiente, de algún modo, puede ser considerada como producto o resultante de los dos términos extremos.

Todavía puede plantearse otra cuestión: ¿cómo es que, existiendo la falta de simetría espíritu y alma, se toman en cierta forma como complementarios, siendo que el espíritu es considerado como principio masculino y el alma como principio femenino? Siendo el espíritu el que, en la manifestación, se encuentra cerca del polo esencial, el alma se encuentra, en el lado substancial; es así que el espíritu es yang y el alma yin y por eso suelen simbolizarse respectivamente por el Sol y la Luna, lo que además puede justificarse aún más completamente diciendo que el espíritu es la luz emanada directamente del Principio, mientras que el alma no presenta sino una reflexión de esa luz. Además, el «mundo intermedio», que también se conoce como esfera «anímica», es el medio en el que se elaboran las formas, lo que, en suma, constituye un papel «substancial» o «maternal» y esta elaboración se produce bajo la acción o la influencia del espíritu, que tiene un papel «esencial» o «paternal»; por lo demás, está claro que para el espíritu sólo se trata de una «acción de presencia» o imitación de la actividad «no-actuante» del Cielo.

A propósito de los principales símbolos del Anima Mundi, se dice que uno de los más habituales es la serpiente, a causa de que el mundo «anímico» es el ámbito propio de las fuerzas cósmicas, que, aunque también actúan en el mundo corporal, pertenecen en sí mismas al orden sutil y esto tiene conexión, naturalmente, con lo anteriormente explicado, sobre el simbolismo de la doble espiral y el del caduceo; además, la dualidad de los aspectos que la fuerza cósmica toma corresponde realmente al carácter intermedio de ese mundo «anímico», que hace de él propiamente el lugar de encuentro de las influencias celestiales y las terrenales.

Por otra parte, la serpiente, como símbolo del Anima Mundi, se representa en muchas ocasiones en la forma circular del Uroboros; tal forma, le conviene al principio anímico por cuanto se encuentra en el lado de la esencia con respecto al mundo corporal; pero, por el contrario, del lado de la sustancia con respecto al mundo espiritual, de manera que, según el punto de vista desde el que se lo considere, puede tomar los atributos de la esencia o los de la sustancia, lo que, le da la apariencia de una doble naturaleza. Estos dos aspectos se encuentran reunidos de forma bastante notable en otro símbolo del Anima Mundi que pertenece al hermetismo de la Edad Media: se ve en él un circulo en el interior de un cuadrado «animado», es decir, puesto sobre uno de sus ángulos para sugerir la idea de movimiento, mientras que, por el contrario, el cuadrado que descansa sobre su base expresa la idea de estabilidad y lo que hace a esta figura particularmente interesante desde el punto de vista del que lo analicemos es que las formas circular y cuadrada que son sus elementos tienen en ella significados exactamente concordantes con las que tienen en la tradición extremo-oriental.

Conclusión: Concluyo este tema, con un pensamiento expresado por el hermano Wilfred Nuñez, para cada uno de ustedes QQ:.HH:. que dice: “Transitando por los caminos de la vida maestra, encuentro en vasta llanura la injusticia y en una esperanza el orden de la justicia”. A mi entender y a modo de reflexión, si conociéramos la verdad, la causa y el núcleo de nuestras desventuras, sabríamos verdades de luz, donde lo malo no es malo y lo bueno es un triunfo de la conciencia, la luz y la sombra, malo y bueno, al final, ambos contribuyen al despertar interno. Vagamos en mares de contradicción por culpa de la ignorancia espiritual. Si al menos un día pudiéramos preguntarnos QUIEN SOY YO REALMENTE, sabríamos que la verdad está en el corazón de cada uno, para salir de torbellinos humanos inundados de ignorancia, donde se impone el ego y el falso orgullo en una carrera a la desventura para el beneplácito de la sombra.

Es mi palabra,
H:. M:. Vladimir Gutiérrez Loza

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