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Caridad

Pienso luego existo… 

Caridad 

AUTOR: SAFO

Normalmente escuchamos y expresamos el término caridad muchas veces en el día a día y las más de las veces la confundimos con la simple ayuda a los méndigos que asoman en nuestro caminar, pero en realidad la verdadera caridad implica mucho más que este simple hecho 

Como caridad se conoce la actitud de quien obra desinteresadamente, en favor del prójimo, sin esperar nada a cambio. Como tal, puede entenderse como sinónimo de altruismo, filantropía, generosidad o solidaridad. La caridad es el sentimiento de ternura y comprensión que despiertan, en nuestro ánimo, las necesidades o dolores ajenos. No es una palabra vana que eleva a la altura de otros ojos nuestro propio orgullo; sino algo substancial y positivo que encierra un sentido moral muy hondo, y que nos obliga a compenetrarnos de las desgracias de los demás para poderlas aliviar. 

En este sentido, la caridad es aplicable a las distintas acciones solidarias mediante las cuales se brinda apoyo a quienes lo necesitan. Ofrecer comida y refugio a los sin techo, proporcionar ropa a las víctimas de un desastre natural, donar cierta cantidad de dinero a fundaciones benéficas, son todas acciones de caridad. 

Pero ¿acaso debe confundirse la caridad solo con la beneficencia? 

Creemos que no, ya que esta bella palabra cuando se la hace práctica de vida diaria implica y encierra un conjunto de valores donde la persona decide voluntariamente desprenderse de algo propio en favor de otra persona y no solamente en el campo de lo material como “limosna de rigor”, sino fundamentalmente al hecho de estar siempre a disposición de los demás, a poner el hombro solidario de la comprensión, el oído fraternal y el consejo oportuno dado con el más absoluto desprendimiento. 

Dice un libro de Filosofía Oriental: “Feliz el que sembró en su corazón las semillas de la benevolencia, porque sus frutos serán la Caridad y el Amor”. Así nos damos cuenta de que la caridad es el patrimonio de las almas generosas y de los espíritus nobles que sirven sin esperar la recompensa. 

La caridad está muy asociada a los valores que preconiza la religión cristiana, fundamentalmente el del amor al prójimo. Sin embargo, la caridad se expresa básicamente en la disposición de ayudar y apoyar al otro, al más necesitado, sin esperar recompensa. 

En la Biblia, la caridad se la describe de la siguiente forma: “La caridad es sufrida, es benigna; la caridad no tiene envidia, la caridad no es jactanciosa, no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no piensa el mal; no se goza en la injusticia, más se goza en la verdad; todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” (1 Corintios 13: 4-7). 

En este sentido, la caridad se encuentra en el núcleo de la moral cristiana y se fundamenta en el amor a Dios y al prójimo. Está ya presente en los mandamientos de la ley de Dios: “Ama a Dios por sobre todas las cosas”, y en la prédica de Jesucristo: “Amaos los unos a los otros” (Juan: XIII: 34) 

El sentimiento caritativo presente en una persona hará que la misma demuestre una tendencia especial en lo que respecta a la comprensión de los demás, especialmente en lo que atañe al sufrimiento que los mismos pueden estar atravesando a causa de algún infortunio o desgracia acaecida en sus vidas. 

La persona que dispone de esta virtud tiene una inclinación natural por ayudar al que ve sufriendo, es un impulso irrefrenable que lo lleva a desarrollar una acción concreta para que esa persona no sufra, por ejemplo, le da una limosna, le entrega un alimento, le ofrece un techo para vivir, abrigo si tiene frío, entre otras acciones. En otros aspectos cuán importante es mostrarse caritativo en nuestras acciones de apoyo solidario en el sentido inmaterial con los que sufren discriminaciones de cualquier índole; de protegerlo de una sociedad que es cada vez más agresiva e individualista en lugar de ser inclusiva como mandan las leyes en casi todos los países, en aprender a escuchar sin juzgar y en aconsejar con el desinterés de quien da sin esperar nada a cambio. 

Cuando por ejemplo se sucede una catástrofe natural como ser un terremoto y como consecuencia de éste miles de personas quedan sin hogares, sin pertenencias y totalmente a la deriva, se suele apelar a la caridad que normalmente los seres humanos tenemos, para que cada cual desde su lugar y con lo que pueda ayude a esas personas que se han quedado sin nada, sin olvidar que la madre naturaleza no reconoce fronteras y que lo que hoy pasa a millones de kilómetros de distancia, mañana puede ocurrirnos a nosotros. 

De por sí y más allá de las religiones, los seres humanos solemos ser caritativos cuando alguna circunstancia límite como la descrita sucede. Organización de colectas, celebración de festivales de música que tienen el objetivo de recolectar fondos para paliar las necesidades de las víctimas suelen ser las muestras más recurrentes de caridad humana. 

Pero la caridad, que es consuelo y esperanza para los seres necesitados, debe ser también un estímulo y un aliciente para nosotros mismos; pues de nada sirve que nos esforcemos en procurarle el bien a nuestros semejantes, si nos olvidamos indiferentemente de nuestro propio bien. La caridad, como el amor, debe principiar por nuestra casa, sin que ello deba significar que abriguemos sentimientos egoístas; sino todo lo contrario, que al preocuparnos primero por lo nuestro, tendremos base consistente y tiempo de sobra para dedicarnos a los demás. Debemos, pues, no descuidar nuestra persona ni nuestro espíritu, que la mejor caridad es la que principia en nuestra casa. 

“Para el hombre caritativo, no existe el odio. En todos sus actos, aún en los que parecen más insignificantes, se advierte la predilección de su amor por los demás. El odio y el rencor son propios de las almas bajas; propios de los espíritus envenenados por la desesperación producida cuando no nos consideramos competentes para cumplir con los más sagrados deberes. El odio es opuesto a la caridad; es lo contrario del amor. Las almas desvinculadas del sentimiento moral que marca la vida de los hombres buenos, se abandonan fácilmente en el torbellino de las pasiones y se entregan a la embriaguez de una felicidad que solo existe en su propio egoísmo”. (Silvestre Aramayo Leytón

En resumen la caridad debe ser una práctica y no solo una teoría, debe ser ofrecida permanentemente a todos sin distinción de ninguna naturaleza y en todo tiempo y lugar, pero también debe recordarse que: “lo que se da con la mano derecha, no debe enterarse la izquierda”, significando esto que no se puede hacer alabanzas de lo otorgado, jamás exigir compensación alguna y mucho menos reclamarlo como un derecho adquirido sobre la otra persona que hoy recibe algo que necesita. 

El hombre caritativo asiste al pobre en su desgracia, sin sonrojarse por considerarlo como hermano. Presta ayuda al caído, consuela al que sufre, escucha al deprimido, y es, con singular especialidad, un ejemplo de soñador inclaudicable que vive pensando en la posibilidad real a futuro de la existencia de un mundo distinto al que lo rodea y donde solo impere como carta de triunfo de la nueva humanidad, la felicidad de todos los hombres. 

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