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TEÍSMO

Mariano Álvarez Gómez

                                       SUMARIO:

  1. Sentido y alcance del teísmo.
  2. Formas de teísmo.


En términos generales el teísmo significa la creencia en el Dios viviente, que interviene en el curso del mundo y en la vida humana. En este sentido amplio, se dan rasgos teístas en la mayoría de las religiones: en las politeístas, en cuanto que los muchos dioses intervienen en mayor o menor grado en la vida humana; en las religiones de signo panteísta o monista, en la medida en que preconizan una unión íntima entre el hombre y la divinidad; en las religiones monoteístas, sobre todo, por relación a las cuales el teísmo adquiere su significado específico.

I. Sentido y alcance del teísmo

El concepto de teísmo se va elaborando en la época moderna como consecuencia de tener que pensar de nuevo la idea de Dios en contraste con dos fenómenos históricos: por una parte, el desarrollo de las ciencias de la naturaleza, que parecen no dejar lugar para Dios, al menos concebido al modo tradicional; por otra parte, la presencia de otras concepciones, como el panteísmo y el deísmo, que intentaban precisamente dar respuesta al reto que suponía esa nueva visión del mundo, regido por leyes necesarias. Sin embargo, el contenido del teísmo se configura y se consolida a lo largo del pensamiento medieval. Dios en efecto es, según ese pensamiento y también según lo que se conoce como teísmo, absolutamente perfecto, autoconsciente y libre; transciende por completo la realidad mundana y, por otra parte, la ha creado de la nada, la conserva en el ser y la determina en su actividad. Es decir, el teísmo, a la vez que intenta pensar el ser de Dios en sí mismo, lo concibe por relación al mundo, de una forma que puede parecer paradójica, puesto que le considera al mismo tiempo como absolutamente transcendente y como infinitamente inmanente. Esto, que no es nuevo, se acentúa ahora de manera especial, debido a que el teísmo se tiene que abrir paso entre dos corrientes extremas, de cuyos escollos se tiene que librar a la vez que se ve precisado a tomar de ellas aspectos legítimos, habida cuenta de la concepción general de la época.

Por una parte, el teísmo se distingue del panteísmo, en cuanto que afirma una diferencia radical entre Dios y el mundo, pero coincide con él en rechazar el dualismo y retrotraer todas las cosas a un único principio. Ciertamente, este principio crea libremente el mundo, según el teísmo, pero al mismo tiempo la presencia de Dios en las cosas les es más íntima que su propio ser, lo que hace que bajo este aspecto al teísmo no le resulte tan fácil y tan obvio distinguirse del panteísmo, sobre todo si se tiene en cuenta que el ser y la acción de Dios son absolutamente idénticas. Por lo demás, el éxito del teísmo frente al panteísmo fue sólo relativo. A finales del siglo XVIII tuvo lugar en Alemania la llamada «controversia del panteísmo» (Pantheismusstreit), entre Mendelssohn y Jacobi sobre todo, que ponía de manifiesto el arraigo que habían llegado a adquirir las convicciones panteístas, a la vez que presagiaba el empuje que iban a tener a lo largo del siglo XIX.

Por otra parte, frente al deísmo, el teísmo tenía no sólo que afirmar la presencia real e inmediata de Dios en las cosas, sino elaborar un concepto de transcendencia distinto. Las diferencias respecto del deísmo son claras a primera vista y podrían resumirse en las siguientes: a) Dios no sólo crea el mundo, sino que lo conserva; b) coopera con las criaturas como causa principal; c) puede intervenir de modo extraordinario en el acontecer del mundo; d) puede revelarse, y se ha revelado de hecho, al hombre libremente. En realidad va a ser ésta la diferencia fundamental. Frente a la religión natural o racional, es decir, frente a una religión que es expresión de capacidades, aspiraciones y necesidades meramente humanas, el teísmo, que nace en realidad como concepción filosófica, se inspira en el Dios de la teología, es decir, en un Dios que siendo transcendente, es a un tiempo misterio y donación gratuita. Lo cual supone que el concepto de transcendencia es distinto del elaborado por el deísmo, pues no se trata de un ser supremo, absolutamente lejano, sino de que Dios, a la vez que es esencialmente diferente, está presente en un grado de infinita, no superable intimidad.

Teísmo y deísmo forman al principio una única corriente, cuya pretensión fundamental es depurar y salvaguardar un concepto de Dios que sea compatible con la regularidad y necesidad de los fenómenos expuestos por la ciencia moderna. Esa corriente se va a bifurcar en dos direcciones que terminan siendo incompatibles. Sin embargo, el teísmo sigue teniendo la pretensión de elaborar un concepto de Dios no sólo compatible y coherente con el desarrollo de la ciencia, sino exigido por ella. De ahí que tenga desde el comienzo una doble característica que va a intentar mantener: compatibilizar concepciones diferentes y simplificar la doctrina en lo posible. Así, en la obra de R. Cudworth, The true intellectual System of the Universe, de 1678, en cuyo Prólogo aparece por vez primera el término «teísmo», y que se puede considerar como acto fundacional de esta corriente, se pretende de un lado conciliar la visión neoplatónica, cultivada por la Escuela de Cambridge, con el cristianismo, y de otro, reducir los contenidos a lo esencial. El resultado son estas tres formulaciones programáticas: 1) todo ente está sometido a un gobernador supremo y omnipotente, esencialmente justo; 2) la diferencia entre bien y mal está en la naturaleza de las cosas; 3) la libertad del hombre fundamenta su responsabilidad. Además de las dos características mencionadas se percibe en el lenguaje del teísmo inicial un optimismo propio de la atmósfera racionalista de la época, como se echa de ver también en el joven A. Shaftesbury (1671-1713). En oposición al teísmo, que se caracteriza por la negación de un principio espiritual providente y por la creencia en el azar, «ser un perfecto teísta significa creer que cada cosa está gobernada, ordenada o regulada de acuerdo con lo mejor por un principio o por una inteligencia, buena y eterna» (An Enquiry concerning Virtue or Merit, London 1699, p. 7). Shaftesbury es por lo demás una muestra de la ambigüedad que acompaña al teísmo, sobre todo en su primera etapa. Elabora, por una parte, la posibilidad de un comportamiento ético independiente de la revelación y de toda expectativa de recompensa o castigo en el más allá, pero al mismo tiempo entiende que «un cristiano auténtico» tiene que ser «un buen teísta». Ahora bien, el cristianismo es una de las grandes religiones monoteístas reveladas. De hecho el teísmo, que nace como un movimiento que pretende ser estrictamente filosófico, terminará decantándose hacia posiciones teológicas, hasta identificarse relativamente con el monoteísmo cristiano, bien que extractando de él contenidos que pueden considerarse propios de una teología natural.

De suyo, sin embargo, las diferencias entre teísmo y monoteísmo son manifiestas. Se pueden reducir a las tres siguientes: a) en primer lugar, la noción de teísmo no implica la unidad y unicidad de Dios, como enseña el monoteísmo, sino que la divinidad, única o múltiple, posea carácter personal, influya directamente en la naturaleza y en la historia y tenga, no obstante su diferencia esencial con el hombre, algún tipo de unión con él. b) Más importante es la segunda diferencia consistente en que, mientras el monoteísmo de las grandes religiones se funda en la revelación, el teísmo surge con la pretensión de ser estrictamente filosófico, es decir, de fundamentarse en la razón humana. c) Muy digna de destacar por último es otra diferencia, que es de suya histórica, pero que afecta a la índole de estas concepciones. El teísmo es un fenómeno moderno y nace en un medio que es tanto cristiano como racionalista. Lo que hace, por lo que se refiere a sus contenidos, es extractar, sistematizar y legitimar —cabría decir, racionalizar relativamente— un contenido fundamental previamente dado por el cristianismo. El monoteísmo por el contrario es muy antiguo y nace —trátese del monoteísmo judío, cristiano o mahometano— en oposición al politeísmo y, en el caso del monoteísmo cristiano y del mahometano, en oposición a una concepción religiosa que siendo auténtica y pura en sus orígenes, es considerada como infiel a ellos y por consiguiente como carente de legitimidad. Ello confiere al monoteísmo unos rasgos no fácilmente identificables en el teísmo, como son, si se toma el monoteísmo judío como caso paradigmático, el enfrentamiento a todo tipo de politeísmo y de idolatría, la afirmación de Dios como radicalmente distinto de la naturaleza y como Señor de la vida y de la muerte, así como la creencia de que la salvación viene exclusivamente de Dios y de que la comunidad o el pueblo creyente está con Él en una relación de dependencia esencial a la vez que de intensa familiaridad.

Estas diferencias habría sin duda que matizarlas y corregirlas, puesto que por una parte el teísmo es de hecho monoteísta desde el primer momento, se inspira, en cuanto a los contenidos, en la religión revelada y se inclina más y más hacia el Dios viviente de la fe religiosa, y por otra parte hay un monoteísmo filosófico, que surge también en actitud decididamente polémica contra el politeísmo, como ocurre en los comienzos de la filosofía, además de que el monoteísmo va a ser legitimado teológicamente mediante una conceptualización filosófica muy refinada a partir de Platón y Aristóteles sobre todo.

II. Tres formas de teísmo

De conformidad con lo expuesto hasta ahora es posible demarcar tres formas de teísmo, el filosófico, el religioso y el cristiano, del modo siguiente: el teísmo filosófico intenta legitimarse desde la razón, no desde la revelación, y estructura su doctrina en torno a contenidos básicos que adquieren diferentes matices, pero que incluyen en todo caso estos dos aspectos: a) la creencia en un Dios personal y libre, creador y gobernador del mundo; b) posibilidad de, supuesta tal creencia, conferir sentido a la vida mediante el seguimiento de normas éticas racionales, coherentes con las creencias religiosas. Con el tiempo, el teísmo filosófico va a adquirir un significado prioritariamente ético, debido sobre todo a la influencia de Kant. El teísmo religioso presupone por lo general, aunque no siempre ni necesariamente, la revelación, y se configura por consiguiente desde la convicción de que Dios ha hablado y comunica sus dones. A partir de aquí el teísmo religioso encuentra su expresión más propia en la intensificación del sentimiento de religación a Dios y de las vivencias correspondientes de dependencia por una parte y de unión con la divinidad por otra. El teísmo cristiano asume las dos anteriores en cuanto que afirma tanto que los contenidos de la verdadera religión, siendo sobrenaturales, están sin embargo en armonía con la razón, como que estos contenidos se actualizan en el hombre, muy especialmente mediante la voluntad y el sentimiento. Pero el teísmo cristiano tiene rasgos específicos como son, en primer lugar, la conciencia del pecado y de la consiguiente necesidad de redención —la mayor o menor acentuación de este aspecto señala una de las diferencias entre las dos confesiones, la católica y la protestante—; en segundo lugar, la confianza en la gracia como principio posibilitador de que la acción humana sea espontáneamente conforme a la voluntad de Dios; en tercer lugar, la creencia en Cristo como manifestación suprema y absoluta del Padre y como principio, junto con El, de la acción del Espíritu. Con lo cual, el teísmo cristiano es esencialmente trinitario, como se verá más adelante.

El teísmo se relaciona negativamente con el ateísmo y con el agnosticismo, muy especialmente con el primero. El teísmo nace, en efecto, para salvaguardar la creencia en Dios en un momento en que la presunta autonomía de la razón parecía convertir la existencia de Dios en inútil, si no en imposible. Bajo este aspecto la cuestión está resuelta de antemano, en el sentido de que se trata de modos de pensar, eventualmente también de obrar, incompatibles. Pero en los últimos decenios sobre todo se han puesto en juego varios puntos de vista que cuestionan una demarcación tan nítida. En primer lugar, bajo un punto de vista más bien práctico y en la línea de un pensamiento marxista se ha hecho valer que la religión en general, si no es alienante por principio, presenta al menos dimensiones que dificultan la libertad o su ejercicio. En ese sentido, si no el ateísmo como tal, al menos la crítica atea estaría parcialmente justificada. En segundo lugar, el ateísmo estaría igualmente justificado en el sentido de que no afecta propiamente a la existencia de Dios ni tampoco a su cognoscibilidad, sino a un determinado concepto de Dios, cuestionable como cualquier otro, mucho más en este caso, puesto que todo concepto es no sólo insuficiente sino inadecuado para expresar una realidad infinita y absolutamente perfecta como es la divina. En tercer lugar, el fenómeno del ateísmo va unido a la existencia de profundos cambios históricos, que tienen lugar sobre todo en la época moderna, y en cuya iniciación el hombre se siente protagonista de todo un nuevo modo de pensar, sentir y obrar, sin que le sea consciente la profunda finitud en que está inmerso constitutivamente, y cuya percepción es correlativa a la apertura a lo transcendente como tal. Si el hombre no se siente finito y limitado, difícilmente se hará eco de la presencia de lo infinito.

El fenómeno del ateísmo tiene que ver también, por otra parte, con etapas que colectividades enteras viven expuestas a una realidad que les resulta enteramente opaca, si no absurda, nada transparente por tanto para el acceso a lo divino; o bien el ateísmo resulta más bien de estados de ánimo individuales que dificultan al máximo la percepción de cualquier realidad que exceda el ámbito de los intereses materiales. En definitiva, son aspectos que no sólo explican que se dé el ateísmo, al margen de que éste tiene además este o aquel carácter específico, sino que en la misma medida hace ver la endeblez de la construcción teísta, sobre todo bajo el punto de vista estrictamente conceptual. De ahí que sobre todo en este siglo se haya desarrollado un antiteísmo más o menos intenso, en cuanto que la afirmación inequívoca y hasta contundente de Dios puede ir acompañada —de hecho lo está en muchas ocasiones—de un modo de actuar que es en realidad negador de Dios, en tanto que por el contrario, una actitud atea puede entrañar de hecho un implícito reconocimiento de Dios, en cuanto que acepta la vigencia de realidades absolutas de signo positivo, y sobre todo en cuanto que su comportamiento ético se atiene a normas que remiten de por sí a un fundamento incondicionado.

El teísmo, que en sus orígenes fue un intento de salvar lo esencial, ha terminado siendo problemático por un exceso de conceptualización. Sus puntos frágiles han quedado una y otra vez de manifiesto no sólo por la persistencia del ateísmo, al que no ha podido contrarrestar, sino por la reiterada aparición de otro fenómeno muy típico de la época moderna, el agnosticismo. Entendido como la doctrina según la cual lo que trasciende el ámbito de la experiencia no es cognoscible, el agnosticismo no es aceptable para el teísmo y ha sido rechazado por él una y otra vez, tanto más cuanto que el teísmo se ha caracterizado desde el comienzo como una corriente que hace valer el concepto en el lenguaje sobre lo divino. Pero por otra parte el agnosticismo representa una dimensión de la forma como el hombre moderno se relaciona con el misterio. Se ha tomado conciencia, en efecto, de que todas las conceptualizaciones, tanto las racionales como las estrictamente teológicas, se revelan como inadecuadas en contraste y en relación con la realidad transcendente que pretenden expresar. Ello no significa que se recaiga necesariamente en el relativismo, sino que el lenguaje se imponga la tarea de revisar críticamente sus posibilidades de forma que, previa conciencia de sus limitaciones, a través de él se transparente el misterio. Fr. Luis de León fue sin duda en su época un ejemplo de lo que puede ser ese tipo de lenguaje.

Tanto el antiteísmo como el agnosticismo ponen de manifiesto, por distintas vías, la insuficiencia de un teísmo conceptual, sea filosófico’ o teológico, y la exigencia de un teísmo que haga patente la presencia de Dios vivo, de un teísmo trinitario por tanto. La razón de que sea así es que si el teísmo significa la creencia en un Dios personal que se hace presente, no de cualquier manera, sino tal como es en sí en el mundo y sobre todo en el hombre, será precisoentender esa presencia en el grado de la máxima intensidad, es decir como absoluta comunicación de Dios mismo, que no toma al hombre como simple lugar de su manifestación sino que lo dignifica infinitamente mediante el despliegue en él de su propia vida, que es Padre, Hijo y Espíritu. La polémica radical contra el teísmo, bata el punto de haberse llegado a constituir una especie de antiteísmo militante, tendría así como sentido la búsqueda de un teísmo auténtico, aunque ello no siempre ocurra de manera consciente. En todo caso esto no debiera inducir a pensar que las motivaciones del teísmo inicial se diluyen hasta perder toda vigencia. Si el exceso de conceptualización se ha vuelto problemático, queda sin embargo el postulado de racionalidad, que se opone a que en la religión tengan lugar la milagrería, la superstición o el fanatismo, a la vez que fomenta el compromiso en favor de una vida digna de ser vivida.

[-.> Agnosticismo; Ateísmo; Autodonación; Deísmo; Dualismo; Espíritu Santo; Filosofía; Gracia; Jesucristo; Misterio; Monoteísmo; Padre; Panteísmo; Politeísmo; Religión, religiones; Revelación; Salvación; Teología y economía.]

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