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LA PALABRA PERDIDA

Es el peor de los tiempos, pero tambien el mejor, porque aún tenemos una oportunidad

Sylvia Earle

INTRODUCCIÓN

Este trabajo, tiene como fin, a partir de una breve explicación de la evolución de la humanidad, pasando por el sentido y significado religioso e iniciático de la metáfora de la Palabra perdida, contextualizar, en esta transición secular del siglo XX al XXI, la situación difícil y el momento actual que viene viviendo el ser humano y la sociedad mundial al alejarse de la Verdad, que parecería haberse extraviado ante la “Paradoja de la Realidad”, para finalmente concluir con la esperanza de rencontrar esa Palabra y plantear una reflexión a ustedes Hermanos, sobre el futuro que configura la post pandemia.

DESARROLLO

Considero que el título del presente trabajo, históricamente está íntimamente ligado a la denominada revolución cognitiva, momento en que el hombre, científicamente llamado “Homo Sapiens”, tomó conocimiento de la realidad natural en la que vivía y tomó conciencia de su Realidad en la Tierra, producto de su evolución biológica natural, y en su afán de protección y supervivencia, mediante la cooperación comunitaria. Primero con signos y códigos simbólicos, y luego con la ampliación del cráneo y el desarrollo de un sistema fonador, produjo el lenguaje, la máxima expresión de su mente, el pensamiento inteligente, para ejercer su poder en la Tierra.  A partir de esta percepción de la naturaleza y su comportamiento cotidiano, y ante el asombro de la inmensidad del Universo, en particular del Sol, el hombre además de inteligente devino en un hombre místico, interrogándose y deduciendo leyes universales, muchas de ellas hasta hoy inmutables, creando mitos, leyendas y dioses, que más tarde las religiones utilizaron atribuyéndoles un carácter sacro y espiritual.  Estas religiones, unas de carácter politeísta y otras monoteístas, para afianzar sus propuestas y transmitir a la sociedad profana sus convicciones, fueron creando tradiciones de carácter dual, como la metáfora de la “Palabra pérdida”, para distanciar al hombre de sus dioses, y que permitan distinguir en esencia la bondad de estos en el cielo, generalmente con características sobrenaturales, frente a la vida terrenal, de dolor y sufrimiento.

La tradición o metáfora de la “Palabra perdida”, dentro de la religión judeo-cristiana, considera tanto en lo individual como en lo colectivo, esa valoración dual a la que se ve expuesta la conducta humana: el bien y el mal.  El Pecado Original, relatado en Génesis Cap. III, alude a la caída de Adán y Eva, significando la pérdida de su estado de inocencia original y expulsión del Edén, el Paraíso terrenal, por haber desobedecido el mandato de Dios. En lo colectivo, la leyenda de la Torre de Babel, es otro ejemplo de esta metáfora, donde el orgullo y la soberbia de los hombres ocasiona la pérdida de lenguaje común que detentaban, provocando confusión y desencuentro. Estos relatos, al igual que en otras religiones antiguas, hacen alusión a la pérdida, caída u ocultamiento de algo. Ese algo, identificado como el “Principio Primordial”, se refiere a la esencia y al creador mismo simbolizado por su nombre y que, al haberse perdido, se torna inefable y apenas puede deletrearse.  Por tanto, Dios y la Palabra, pueden ser considerados sinónimos.

La Masonería, institución iniciática, esencialmente filosófica y de preeminencia espiritual, adopta esta tradición de la “Palabra pérdida” y de su búsqueda, en la Leyenda del Tercer Grado, para simbolizar el extravío de ese “Principio primordial” (la esencia del Ser), y su restitución, mediante similares o sustitutas, con un sentido iniciático diferente al religioso.  En efecto, el proceso iniciático, para significar “el Principio” en el Ritual de apertura en primer grado, parte de la frase bíblica “En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios y el Verbo era Dios” (San Juan 1:1-3), lo que desde el punto de vista cosmológico, nos traslada al “Principio, a la creación del Universo, al Génesis, donde Adán – creado por el Principio Divino a su imagen y semejanza –, a instancias de Eva inducida por la serpiente y en desobediencia al Creador, comen el fruto del Árbol del Bien y del Mal – la inteligencia objetiva – lo que simboliza la caída del hombre, alejándose por sí mismo del Principio de Vida, significando, por tanto, la pérdida de su estado primordial, su carácter divino, para convertirse en todas sus manifestaciones en un Ser Humano, sometiéndose a la ilusión del mundo terrenal o material. 

Es importante observar la diferencia ante la visión religiosa, pues este hecho más que una expulsión, un castigo, representa un alejamiento de parte del hombre, quien después de comer del Árbol del Conocimiento, aprendió a discriminar el bien y el mal, significando efectivamente, que el hombre no muere por comer el denominado fruto prohibido, sino por haber asimilado del “fruto del conocimiento”, una evolución biológica de la mente y la conciencia, otorgándole el discernimiento y la facultad del libre albedrío.  Por tanto, este proceso representa un cambio trascendental en la condición inicial de la conciencia del hombre.

Para interpretar su importancia y relevancia, vamos a detenernos y reflexionar sobre ese fruto asimilado por el hombre, del “Árbol del Conocimiento”, llamado también el “Árbol del Saber”, y que se refiere a aquellas actividades y, funciones psíquicas y racionales por medio de las cuales el hombre se relaciona con la realidad.  Recordemos, que el conocimiento representa una relación entre un sujeto y un objeto, que nos lleva a distinguir dos polos en el hombre: uno racional y otro sensitivo, equivalente a la dualidad alma-cuerpo o conciencia individual-personal, pero, además se evidencia, que más allá de lo sensitivo existe y emerge un principio de carácter intangible, cuya esencia es distinta de la esencia material, porque además de trascender los límites del espacio y del tiempo, está más allá de la experiencia objetiva. Este principio “primordial” para unos y “fundamental” o “superior” para otros, es denominado, según las creencias religiosas, convicciones iniciáticas, intuiciones filosóficas o revelaciones científicas: “alma espiritual”, “espíritu”, “razón” o “inteligencia”, y se caracteriza por su independencia frente a lo corpóreo, con principios esenciales antagónicos, pero que, desde un punto de vista iniciático, permite la convergencia del Ser, en el equilibrio, sea en la unicidad o en la unidad, siendo el rector de la triada: cuerpo, alma y espíritu.

Nuestra Orden, dentro del proceso de transformación en busca de la perfectibilidad del hombre profano e iniciado, ha seleccionado de la sabiduría antigua aquellas enseñanzas iniciáticas que le permitan trascender a la plenitud de la Maestría, al ejercicio del Magisterio, palabra que denota haber evolucionado a un estado superior de humanidad y que ahora tiene la facultad de contestar:“la acacia me es conocida”, porque debajo de ese místico ramo, habrá encontrado la verdadera Palabra, bajo el triple misterio de la Vida, de la Muerte y de la Regeneración. Palabra que, al haberse perdido después de la acción de los tres malos compañeros, sus enemigos naturales, debe acudir a palabras substitutas, las que obviamente deben ser buscadas, por cada Maestro, con celo, fervor y constancia.

La metáfora de la Palabra perdida y su búsqueda, ha inspirado a cada iniciado a hollar el camino, su propio camino, para transitar de la escuadra al compás y ubicarse en el centro del perfecto equilibrio, la Cámara del Medio, lugar donde deberá encontrar lo perdido. Es justamente en esta representación simbólica, el desiderátum para encontrar la Palabra, que es inefable, susceptible de “perderse” y que en efecto se pierde, pero también susceptible de sustituirse, y cuya búsqueda para restituirla, será la luz de la sabiduría, el ideal y guía permanente de nuestras acciones éticas y de moralidad, para bien de nosotros mismos, de nuestro entorno social y en última instancia de la humanidad.

En resumen, este proceso iniciático, que es trascender hacia el ideal o arquetipo original, ese “Principio primordial” que definimos inicialmente, es parte del plan del GADU, que se inicia con el desbaste de la piedra bruta hasta evolucionar al ideal, la piedra cúbica pulida, y de esta manera ser parte de su gran obra; es un proceso implícito que va desde lo individual y diferenciado a lo complementario, la búsqueda colectiva.  Reiterar que, el punto clave conductor de este proceso es la energía, la fuerza espiritual, esencia básica de toda existencia y realidad, porque es dinámica, vibra y flamea, pues tiene en sí mismo la fuerza (el mazo), la genialidad de la mente (el cincel) y la voluntad consciente e inteligente (la palanca), para reencontrar esa Palabra, que es Vida y es inmortal.

Ahora bien, el Maestro masón, una vez que ha comprendido el profundo significado de la Palabra y el verdadero sentido de su pérdida, tiene el deber de persistir y restituir esa fractura ética y alegórica causada por la muerte del Maestro Hiram, por tanto, adquiere un compromiso ético y moral, consigo mismo y con la sociedad, para la recuperación y práctica de ese ideal de Verdad, combatiendo en la trinchera de la libertad contra toda forma de opresión o degradación de la palabra, como también en todo momento de su vida cotidiana. 

Nuestros rituales, son la muestra palmaria de esos contenidos morales y éticos que debe poner en práctica y contextualizarlos, tanto en lo personal como en lo social, con inteligencia, valor, prudencia, amor y respeto a sus iguales, a todo ser vivo y a la naturaleza en general, pues de su acción y responsabilidad individual, dependerá su efectiva contribución al progreso, bienestar y armonía de la humanidad en general y de cada ser humano en particular.

El ser humano y la humanidad en su conjunto, a lo largo de la historia y por diversos motivos se ha extraviado, ha perdido el equilibrio natural y social en distintos momentos, generando guerras, destrucción, enfrentamientos, injusticias y consiguientemente dolor, por razones económicas, políticas, religiosas o ideológicas; pero merced a la acción de hombres de buena voluntad y razón, también logró revertir estas situaciones adversas para volver a la paz y la estabilidad social.  Con el inicio del Renacimiento, siglo XVI, comienza una nueva visión del mundo, el antropocentrismo y el desarrollo de la ciencia experimental, basado en el humanismo como principio de vivencia y progreso social, y la razón como fuerza intelectual que provee el espíritu humano, dejando atrás el teocentrismo medieval de carácter dogmático y religioso.

En este terreno, surge un antagonismo entre la religión y la ciencia, entre la fe y la razón, y en el ámbito político, filosófico y social, entre el idealismo y el materialismo.

Esta misma polaridad, con posiciones y adeptos intermedios, viene generando hoy a nivel mundial un desencuentro, que se traduce en una controversia de principios y una crisis moral, que afectan los valores, reglas y normas de convivencia, donde la violencia y la intolerancia hacen escarnio en la población.  Hoy los medios de comunicación, son los que gobiernan el pensamiento y, mediante una alienación comercial y por ende económica, vienen transformado al homo sapiens en homo videns, donde el lenguaje verbal y el escrito se convierten en imágenes, restándole al hombre desde su niñez y a los telespectadores en general, la capacidad de desarrollar procesos cognoscitivos, anulando la capacidad de abstracción e interpretación, y distorsionando lo patrones de valor.  En una palabra “robots” pasivos. Toda esta red de preocupaciones, nos lleva, a configurar, como dicen los entendidos: “un mundo desorientado por la falta de referentes sólidos, desincronizado global y socialmente, y desigual, dentro de cada una de las sociedades y entre países”. 

Pero la incertidumbre sobre el futuro es aún más, por el acelerado y asombroso avance de la tecnología y la ciencia, que son importantes para la humanidad pero que no conocen fronteras éticas, v.gr. el programa 5G de China, o de la ciencia con el apoyo tecnológico para el proyecto BrainActivityMap o Mapa de la Actividad del Cerebro de EE.UU., que plantean dilemas éticos, porque a través de la inteligencia artificial y la ciencia pretenden invadir y controlar la intimidad y privacidad de las personas, como instrumento ciber político de control o más aun, ingresar a manipular el cerebro, que en principio, si bien plantean que es con fines benéficos para la salud mental, a la larga existe la posibilidad y el riesgo de que sean utilizados también como instrumentos de control político y social a través de la manipulación del cerebro.

Este breve diagnóstico o recuento de las principales preocupaciones, es el reflejo del frío e insensible desarrollo, que genera “confusión y desencuentro” en la sociedad del mundo actual, similar a lo que citábamos líneas arriba, la leyenda de la Torre de Babel; hay una crisis moral que se manifiesta de diversas maneras, manipulando el lenguaje, corrompiendo los sistemas de gobierno, restándole validez y desacreditando los valores y normas de conducta, en resumen vivimos en una crisis espiritual, una crisis de convicción, una crisis del raciocinio, donde los fundamentos que cimentaron la sociedad moderna basada en los principios de la “Ilustración”, basado en el equilibrio y el respeto, se están derrumbando. Y ahora, viene la pregunta: ¿Será que, tanto en lo individual como en lo colectivo, hemos perdido la palabra? Esa palabra que aún hoy, reina en el corazón de muchos de nosotros, de esos hombres y mujeres de buena voluntad, que tienen confianza en la moralidad de la humanidad, en la filantropía de cada ser humano, con la esperanza de reencontrar el equilibrio y la armonía, basada en la trilogía de libertad, igualdad y fraternidad.

CONCLUSIONES

Hace un tiempo atrás, asistimos a la magistral conferencia del Q\ H\ Carlos Cantero, de la Gran Logia de Chile, quien nos planteaba una interrogante: “¿época de cambio o cambio de época?”, y exponía que la solución era “ética y filosófica”.  Considero que en la búsqueda de la “Palabra perdida”, cada persona de bien, y más aún, libre y de buenas costumbres, que trabaja en el lenguaje y en la acción, tiene el deber y la conciencia moral de: evaluar su conducta y la conducta social; reflexionar para sopesar no tanto la validez, como la contextualización de sus valores morales; y ser crítico y pensar por sí mismo, sobre la forma de aplicarlos en su vida, en su entorno, en la sociedad en la que vive.  Crear la conciencia moral individual, es la base de la conciencia colectiva.

Por otro lado, este virus, esta pandemia, nos mostró el otro lado de la medalla, porque nos ha permitido reencontrarnos, unirnos, solidarizarnos con cada uno de nosotros, lo que nos da esperanza de renovación, regeneración de ese fuego de fe y de amor que nunca se apaga, ese “jenecherú”, que es naturaleza y vida en cada ser humano, para que en una unión espiritual sea la palanca que nos permita mover al mundo y encontrar la Palabra perdida.

Es innegable, que después de esta pandemia se iniciará una “nueva época”, donde los masones tenemos el deber de ser parte de la reconfiguración, junto a las nuevas generaciones, la pregunta es:

¿Cómo guiar a nuestros iguales al reencuentro de la Palabra Perdida, lo que significa retornar al origen, al fondo mismo de nuestro mismo ser, el espíritu que mora en nuestro interior?

Felipe Guzmán Gemio

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