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La Humildad

Queridos Hermanos hubiera deseado preparar para vuestra consideración un trabajo totalmente distinto a los tradicionales, sin embargo, por más innovador que pretenda ser, debo necesariamente remitirme primero a los conceptos científicos sobre el tema para después pasar a los textos masónicos y procurar definir tanto en forma profana como masónica lo que se entiende por LA HUMILDAD.

La humildad según lo define en el Diccionario Enciclopédico Básico de Plaza & Janes Editores, versión 1977 sería: «Virtud que consiste en el conocimiento de nuestra bajeza y miseria y en obrar conforme a él». Por su parte uno de los grandes escritores de nuestra  Augusta Orden  como es Luis Umbert Santos en su libro titulado «Cincuenta Lecciones de Cultura Masónica» define a la Humildad como «Virtud reguladora que atempera las acciones de los hombres, ajustándolas a la insignificancia de la humana naturaleza, reprimiendo el orgullo».

De esta manera se entiende a la Humildad como una de las virtudes más recomendadas por la masonería, pues sólo mediante la humildad y la paciencia se pueden llegar a poseer los más altos grados en la Orden. El verdadero masón se reconoce siempre por ser el más humilde de todos y es sabido que al hombre humilde no se le cierra ninguna puerta, porque la humildad tiene entrada en todas las moradas ocupadas por los hombres buenos.

El infortunio se alivia con humildad, el orgullo se ve eclipsado por la humildad. Esta virtud es la fuente milagrosa en la que el hombre sabio encuentra la verdad y el ignorante su consuelo.

La representación iconográfica de la humildad aparece en nuestros textos masónicos como una mujer de dulce y noble semblante, que lleva unas alforjas en sus hombros (el cargamento de esperanza y felicidad que está dispuesta a entregar a los demás) y un canastillo con pan en la mano (sinónimo de su deseo de compartir el alimento de sus propios conocimientos con otros seres humanos). Viste con sencillez y camina pisando un espejo, perfumes y joyas, como alegórica demostración por su despego a la belleza física que desaparece con el tiempo, la vanidad y la ostentación que sólo llevan a la eliminación del amor que deberíamos sentir hacia nuestros semejantes y al vano desprecio por todo aquello que insulsamente consideramos inferior a nosotros.

Es pues hermanos la humildad una de las invisibles columnas sobre las cuales se asienta toda la estructura filosófica de nuestra Orden, donde todos los trabajos relacionados con la esencia del espíritu humano y el comportamiento del hombre humilde hacia el resto de sus hermanos y seres humanos que lo rodean, tienen en la practica consciente y sincera de esta virtud que consiste principalmente en trabajar en todos nuestros cometidos sin esperar jamás recompensa material ni exaltación o idolatría por nuestros logros.

No debe confundirse sin embargo la humildad con el servilismo que es la baja adhesión a la autoridad de otro, o como el ejercicio de mal entendido complejo de inferioridad o la acción cobarde de no dar la cara a nuestras responsabilidades, sino de ser él ultimo de los hermanos aunque todos reconozcan en nosotros al primero, de sentir felicidad con lo que se obtiene a través de nuestra labor sacrificada y de nuyestro silencioso trabajo, que son hechos con tal cantidad de amor y desprendimiento que de alguna manera repercuten favorablemente en beneficio de nuestros hermanos de la Orden, de nuestros seres queridos y de aquellos que rodean nuestra actividad cotidiana, mejorando sus sistemas de vida o simplemente haciéndoles sentirse mejor, más contentos, más humanos, menos miserables y egoístas.

Vivimos tiempos de muchas palabras. Se habla mucho. Se escribe mucho, sin embargo no se lee tanto. Se ve mucha televisión y se escuchan diariamente miles de discursos y opiniones de toda índole y la mayor parte del tiempo sobre los mismos temas: La situación social, el contrabando, la inmoralidad funcionaria. La corrupción, el desmoronamiento, cotidiano de nuestra sociedad, la pérdida de los valores morales, sociales y éticos.

Los eternos salvadores, los hacedores de valores, nos llenan la cabeza de soluciones que solo pueden ser realizadas por «ellos», por sus partidos políticos, por sus grupos de poder y hegemonía. El hombre simple, el citadino corriente, el ser humano de la calle, de la oficina, aquel que está identificado con cada uno de nosotros mismos ya no sabe a que atenerse.

Sobran los licenciados, los doctores, los especialistas, los hombres importantes que tiene en sus manos el bienestar de miles de sacrificados citadinos que confían en ellos, que creen en sus palabras y que ven con estupor como uno a uno van pasando sus imágenes corporales, sus rostros, sus palabras ofertando milagros, soluciones a cambio de apoyo, de mayor poder, de mayor gloria, de lucimiento personal y de endiosamiento.

El ser humano mientras más arriba sube, más le cuesta mirar hacia abajo. Tiene menos tiempo, ¡es cada vez más importante! Pierde la capacidad de ver, comprender y saber. Desprecia y subestima a todos. El hombre se olvidó de ser humilde, se olvidó que es más importante escuchar que creer que uno lo sabe todo.

Por eso los que se dicen ser poderosos, se mofan de los serenos, se ríen de los humildes, desprecian todo lo que consideran de mejor rango a su status y su posición. No entienden a los que no son como ellos ambiciosos, malos y orgullosos. Por eso van quedando cada vez menos personas con juicio recto, sano, sereno y profundo, capaces de analizar los problemas de la existencia humana, aconsejar sana y sinceramente y hacer suyos los problemas ajenos.

Estas pocas personas, humildes de corazón y sabios de entendimiento, porque son escasas, son buscadas y seguidas por todos aquellos que buscan la verdad. Sin embargo, la realidad es tan sencilla…. ¡Todos! a través de la humildad, de la investigación, del estudio y la dedicación podemos llegar a ser sabios. ¡Todos somos luz!, Pero poco son los iluminados por su propia luz, ¡Todos tenemos dentro de nosotros algo de Budha o de Cristo!, pero pocos hacemos que nuestra vida sea búdica o cristiana, desdeñando las enseñanzas de ambos maestros que a su turno vinieron a la tierra para enseñarnos que la humildad, la bondad y la obediencia nos llevarán a la sabiduría. Debemos, tal como nos enseñaron, aprender a MIRAR, VER Y OIR y para mirar, ver y oír es indispensable cerrar nuestras miradas y oídos a las voces de afuera que nos incitan a ser vanidosos, egoístas, egocéntricos y altaneros.

Es indispensable que aprendamos a acallar las voces exteriores con sus mensajes alienantes y nuestros propios pensamientos que revelan nuestra naturaleza humana y nos inducen a la ilusión de la vida varia y las pasiones del mundo, donde no importan los demás seres humanos que nos rodean sino nuestro propio bienestar y acaso el de los seres que queremos y están a nuestro lado, porque a veces en nuestro afán de ser ¡los mejores!, ¡los más brillantes!, ¡los más envidiados!, ¡los más poderosos!, llegamos a olvidar y dejar detrás de nosotros inclusive a nuestros seres más queridos sin importarnos que el precio final de estas acciones es la más espantosa soledad.

Nos aprovechamos de los débiles, de los humildes, de quienes anónimamente y con el mejor de los desprendimientos, colaboran para que sobresalgamos, seamos más influyentes, más ricos y poderosos.

Sobre el gran escenario del mundo se representan cada día, cada momento, escenas del drama o comedia del gran espectáculo de la vida cotidiana. En este escenario hay quienes representan o creen representar los papeles de estrellas, de actores principales, mientras que condenan a otros a representar el papel de comparsas o actores de segundo rol que carece de importancia.

Sin embargo, esta falta de humildad hace que muchos de los que brillaron y fueron aplaudidos en un cierto momento, cuando decae la luz que acompañó el efímero momento de su gloria, son relegados al olvido más absoluto o si es que fueron afortunados, a permanecen por algún tiempo en la galería de los recuerdos.

Todos quieren ser importantes, todos quieren ser recordados por lo que dicen o por lo que han hecho, buscando permanentemente ser reconocidos por su peso e importancia.

Y cómo habríamos de comportarnos si desde niños nos han dicho que debemos tener una gran personalidad, que debe ser los primeros. Que debemos destacarnos entre los demás, que debemos triunfar por encima de todo y de todos, sin importar demasiado los modos o medios para lograrlo. Pocas veces en cambio, hemos oído que lo importante no es ser más que los otros sino cumplir de la forma más perfecta posible nuestro papel.

Por el contrario, se nos entrena a arrebatar los papeles más importantes. A acaparar los puestos más altos, a controlar y sojuzgar a los demás y de este modo se libran en nuestra sociedad y en el mundo entero, las luchas internas más lamentables en el afán de los seres humanos por conseguir dentro de nuestro mundo social los papeles protagónicos, los cargos más representativos, las mejores fuentes de poder, la riqueza y la gloria.

Es la eterna lucha de los «egos» de aquellos que siempre quieren estar en los primeros lugares y en esta lucha se cometen atropellos, injusticias, violaciones y crímenes…. Las cárceles se llenan de algunos pocos infortunados que fueron sorprendidos en las tropelías propias de su ego, mientras que otros que cometieron las mismas bajezas siguen apareciendo como dignos y probos personajes, ejemplos del mundo y de la sociedad en la que se desenvuelven.

Los que dirigen la escena mundial no conocen ni comprenden que el remedio no consiste en sacar de la escena a esos pocos que son aprehendidos, sino en hacer ver a los personajes de este mundo de ficción, que ellos no son lo que representan, sino algo mucho más importante que no necesita de máscaras o disfraces para representar un papel en este mundo de fantasía, que no son la imagen que tienen de sí mismos, que esa imagen es falsa y vanamente inducida por la trama de los juegos sociales donde prima el engaño y la mentira.

Lo importante es gracias a Dios, que detrás de este escenario que implica el cotidiano vivir, existen los que verdaderamente sirven, los actores auténticamente generosos que nunca se preocuparon de aplauso o del reconocimiento y que se limitaron a hacer lo que tenían que hacer, sabiendo que haciendo su papel estan dando lo mejor de sí sin esperar la lisonja, el aplauso o el reconocimiento de nadie.

La mayor parte de estos actores en la gran escena del mundo, pasan inadvertidos, silenciosos, pero gracias a ellos la escena se desarrolla con más armonía y la comedia no se convierte en una lucha ridícula comandada por un puñado de seres vanidosos.

Como diría el gran maestro Jesucristo, los humildes de corazón, aquellos que heredarán el reino de los cielos, no necesitan reconocimiento por sus trabajos, sus cualidades o sus acciones. El ser humano hecho a la imagen y semejanza de Dios, es mucho más que el rol o profesión que ostenta y si no se identificara tanto con lo que quiere representar que es, se daría cuenta que su realidad es superior a sus «títulos honoríficos». Cada uno es lo que ES, pero no el papel que representa SER. Su personalidad, su profesión, sus cualidades y el cúmulo de vanidades que va acumulando, son simplemente las formas, pero ellas no expresan la esencia de su verdadero ser central.

La falta de reconocimiento de trabajo de tus actividades no debería afectar la idea que tienes de ti, ni la que quieres que los demás tengan de tu persona, porque tú como ser humano deberías estar por encima de todas las ideas.

El vivir pendiente del reconocimiento de los demás, es estar condenado a permanentes sufrimientos y desencantos. La falta de humildad en tus obras y acciones hacen que poco a poco evadas la realidad y dejes de SER para comenzar a representar un papel que no te corresponde.

Vuelve a ser tú mismo. Deja tu mal entendido orgullo. Sé simple, sereno y humilde. No te creas importante, porque en realidad como ser humano, para Dios ya lo eres… Lo mundano es efímero, se acaba rápidamente o en su caso no puede ser llevado contigo cuando mueras.

«Mientras el deseo de posesión y dominio sea protagonista en la vida de las personas, tendremos asegurado el caos y la lucha permanente entre los componentes de nuestra sociedad.   Mientras no haya una formación interior en cada persona que haga que el deseo de tener y poder ceda ante el deseo de lo que uno realmente ES en su esencia íntima, más allá de las pretensiones vanidosas y ambiciosas del ego, no habrá paz ni armonía social».

¿Quieres ser recordado por haber sido poderoso? Bastaría que te recuerden por tu desprendimiento, tu inmenso amor al prójimo, tu devoción de apoyo al amigo y hermano y por sobre todo por LA HUMILDAD que rigió todos los actos de tu vida.

Sé pues humilde hermano mío y prefiere ser recordado por haber obrado con amor en todos tus actos antes que ser recordado como el hombre que llegó a lo más alto de la montaña sin importarle haber dejado tras de sí en otros seres humanos como él, rencores, resentimientos, dolor, llanto y pena.

Por: Jorge Cervantes Alcázar

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