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La depresión

Pienso luego existo… 

La depresión 

AUTOR: SAFO

La palabra depresión se la puede comprender y aceptar o entender desde diferentes puntos de vista, pero en el presente artículo trataremos de enfocarnos en lo que debiera significar sus consecuencias para la juventud, por sobre todo y cuáles los errores que ellos debieran evitar cometer en esa difícil pero trascendental etapa de su crecimiento. Para todos la etapa de la juventud es complicada y confusa, quizás por la mala formación o experiencias negativas experimentadas en la época de la niñez, o también por la tremenda responsabilidad que implica el tomar determinaciones que nos acompañarán en toda nuestra vida adulta y a su vez sus consecuencias en la etapa final de nuestra existencia. Mucho más ahora en la sociedad del siglo XXI que ha cambiado radicalmente la importancia de la formación profesional y el vuelco total de los valores que antes se practicaba y enseñaban desde los hogares. 

Lo triste y hasta desesperante es conversar ahora con la mayoría de nuestros jóvenes y no ver en ellos la chispa de la esperanza en un futuro mejor o por lo menos diferente; ya nadie habla de ideales, de sueños quiméricos que si bien son difíciles de realizar, nadie dijo que fueran imposibles, y a los que los seres humanos dotados de inteligencia y con un cerebro que apenas es utilizado en un veinte por ciento promedio, podría y debiera trabajar para convertir los sueños en realidades. Obviamente estamos refiriéndonos a temas de profundidad alejados de los simples apetitos materiales o de poder momentáneo individual. 

Al hablar con algunos conocidos, de ambos sexos, comprobamos con pesar que estudiaron por ―obligación‖ y hasta presión de sus progenitores y cuando concluyen con un título académico no saben qué hacer con él y menos utilizarlo con las supuestas capacidades adquiridas. Obviamente peor es el caso de aquellos peyorativamente denominados “ninis” o sea los que ni estudian ni trabajan y viven a costa de sus padres, pero en un ambiente de constante enfrentamiento y frialdad, ya que sus objetivos de vida de cada uno de ellos (padres versus hijos), es diametralmente opuesta. 

Por ello podemos llegar a la conclusión de que mucha gente joven a nuestro alrededor y a veces hasta nosotros mismos en algún momento nos sentimos en verdaderos desperdicios de tipo humano. Existen jóvenes a nuestro alrededor que cuentan con grandes potenciales físicos y mentales, pero que han perdido la proyección, han perdido las ganas de luchar por ―algo‖, han perdido la dignidad y hasta se podría decir que al extremo han perdido las ganas de vivir mejor. 

Creen que la vida les deparó un camino demasiado tortuoso y se dejan sumir en la más vil de las depresiones, el silencio obcecado o el ocultar sus sentimientos con el uso de los artilugios que la electrónica actual pone a su disposición, por medio de los cuales están muy bien comunicados, pero que en la realidad simplemente ocultan su soledad interior, sin darse cuenta de todo el tiempo valioso que pierden y que la vida que se les va no podrán volver a recuperarla jamás. 

Todo ser humano que nace es un prodigioso milagro de nuevas expectativas y los que conocen la anatomía y fisiología humanas, saben lo perfecto de ese nuevo ser, del funcionamiento sincronizado a la perfección de sus órganos, que le permiten moverse, desarrollarse y fundamentalmente pensar y con un potencial infinito de creación. 

Por ello no es posible ni entendible el encontrar a la juventud perdida en el mar de la incomprensión – según ellos – y encerrados en una prisión de fracaso y autocompasión, sin darse cuenta que en ellos se encuentra la llave de su propia libertad. ¿Cómo puede un joven pensar y lamentablemente a veces lograrlo, en las tentativas de suicidio, de adicción a las drogas, de alcoholismo, de pasiva conformidad con el presente vuelto futuro y de los accidentes provocados por ese estado de vida que ciegan vidas inocentes y hasta la propia por conducir o viajar por la vida en esas condiciones de ineptitud y riesgo? 

Internamente cada uno de nosotros sabe que cada día puede ser mejor, pero la mayor parte de las veces ni siquiera lo intentamos; sabemos que podemos obtener más bienes materiales y no lo hacemos; sabemos que podemos realizar un trabajo más difícil y mejor pagado y no lo hacemos; sabemos que podemos ir tras nuestros sueños de niñez y adolescencia y nos quedamos frustrados en la misma rutina ¿Por qué? Simplemente porque hemos perdido la fe en nosotros mismos y nos sentimos desdichados porque ya no poseemos nuestra dignidad. 

Cada vez que miramos a nuestro alrededor y criticamos al mundo lleno de abyecciones en todos los sentidos, políticas públicas que lejos de favorecer la dignidad humana la vuelven en simples seres dependientes de la caridad ajena, hasta volverlos cómplices en la actitud de “aprovechar la oportunidad” sin medir las consecuencias futuras para uno como para los demás. 

Cada vez que somos víctimas de la violencia ajena sin justificación alguna, o que pasivamente espectamos a las víctimas de las drogas y el alcohol; el maltrato de los niños y ancianos; el abuso a los animales y hasta las diarias y constantes actitudes de daño al medioambiente y no reaccionamos de ninguna manera causamos DAÑO. Cada vez que pasa uno de estos hechos siendo jóvenes, estamos siendo pasivos cómplices de todos esos daños y malgastando nuestra energía que dota a la juventud de nuevos bríos a cada instante, desperdiciándola en el sentimiento de depresión, silencio y ocultamiento a la realidad. 

La vida no es sencilla, para nadie lo fue, haya nacido en cuna de rico o en pesebre de pobre y justamente allí radica la magia del futuro, aprender del pasado personal y ajeno para aplicarlo en el presente individual, con proyección a construir un futuro diferente, mejor, real y útil para la sociedad. 

Cuando nos encontremos con jóvenes que se encuentran en el umbral de la dejadez y por ingresar al peligroso estado de la depresión, hagamos el mejor de nuestros esfuerzos por convencerlos y explicarles de nuevo el sentido de la vida. Quizás sus hogares, sus progenitores y hasta sus maestros no supieron ingresar en su yo interior, para llegar hasta su conciencia y hacerle conocer sus potencialidades, la calidad de sus energías aletargadas y por sobre todo la credibilidad en sí mismos. Para ello nada mejor que pensar en ese adagio de vida que señala: “Constantemente me quejaba de lo ordinario de mis zapatos y de lo dificultoso de caminar con ellos, hasta que me crucé con quien carecía de pies”. 

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