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¿A QUÉ LLAMAMOS VERDAD?

V.: M.: y QQ .: HH.:

Esta reflexión se pregunta a qué le llamamos verdad no así qué es la verdad. Esta diferencia es importante, pues parte de una postura más modesta que se refiere a lo que nosotros, seres humanos, nos referimos a algo que llamamos verdad, y no así pretende encontrar a la verdad como tal, que podría ser apenas una palabra forjada por el lenguaje y producida por el raciocinio, o acaso una cualidad que depende de la perspectiva, o podría ser una identidad inaccesible a nuestro intelecto mortal y finito. Esta vez no nos preguntamos por la verdad en sí, pues nos limitamos a indagar en aquello a lo que llamamos verdad.

El hecho de que esta pregunta siga sujeta a reflexión demuestra lo divergentes que pueden ser las respuestas. Así, unos llaman verdad a toda proposición que se corresponde con los hechos del mundo. A esta corriente se la llama teoría “correspondentista de la verdad” y tiene su base en la creencia de un mundo objetivo que puede servir de apoyo para validar nuestras afirmaciones. Los empiristas, como Francis Bacon, apoyarían esta noción, que desemboca en el método científico que regula hoy a la ciencia moderna, a la que le brindamos un elevado peso para definir lo que es verdad y lo que no lo es. De hecho, podríamos decir que, en el siglo XXI, la ciencia es una de las mayores autoridades a la hora de definir a qué le llamamos verdad.

La teoría correspondentista de la verdad, sin embargo, queda abierta a discusión cuando cuestionamos ese mundo de allá afuera, pues ¿cómo podríamos estar seguros de que lo percibido en el mundo no es una ilusión? Ptolomeo creía que el Sol y el resto de los cuerpos celestes giraban en torno a la Tierra, y las observaciones que había tenido entonces lo habían conducido a semejante conclusión, que a día de hoy se considera totalmente falsa. ¿Cuántas cosas son tomadas por verdaderas al día de hoy, que serán desmentidas a futuro? ¿Existe un conocimiento verdadero final, o acaso siempre estaremos desmintiendo una cosa tras otra, a la búsqueda de nuevas verdades? Si llevamos esta idea al extremo, podemos llegar al solipsismo, que afirma la imposibilidad de confirmar otra existencia que no sea la de uno mismo.

Si ponemos de lado la incertidumbre que puede dejar la observación del mundo, limitada por nuestra percepción humana, podemos optar por otra definición de verdad como sigue: la verdad es encontrada a través de un sistema de razonamientos que, a través de su coherencia, dan como fruto a la misma verdad. A esta corriente se la llama “teoría coherentista de la verdad”; algunos filósofos como Descartes y Leibniz la apoyan a través del racionalismo, que glorifican el valor del raciocinio humano e incluso conectan a la razón con la divinidad, en la que habitaría la gran verdad definitiva.

Darle a la verdad un nombre relacionado con la divinidad o sino con lo ontológico ha sido común en el ser humano desde tiempos inmemorables. Lo hacían los filósofos griegos con el logos (la palabra), el arkhé (el principio), el apéiron (el todo), la mónada (el Uno eterno e infinito del que todo viene), e incluso los números eran la verdad para los pitagóricos de un modo incluso místico. Confucio relacionaba a la verdad con Tian, el Cielo, que dictaba las leyes para vivir en equilibrio y comunidad conforme a las reglas. Lao Tsé relacionaba a la verdad con el Tao, lo innombrable, lo que no es y de donde todo es. Asimismo, Budha hablaba de las cuatro nobles verdades, que en principio reconocían la existencia del dolor y el camino para librarse del ego que lo produce. Muchas corrientes filosóficas han surgido, cada una con su propia afirmación de lo que se considera verdadero. Así también ha surgido en las religiones abrahámicas la noción de la verdad traída por Dios, sea por la Torá, la Biblia o el Corán. Asimismo, la ilustración, en el siglo XVIII, se impulsó bajo la creencia de que el conocimiento y la difusión de la verdad darían origen a sociedades y gobiernos mejores. Recordemos que estas premisas de la ilustración, derivaron en la división de poderes, la democracia parlamentaria y otras formas de hacer política en los sistemas actuales, basados en la idea de haber hallado lo que es en verdad bueno para un Estado.

Otros filósofos son menos optimistas y consideran que el raciocinio humano, en vez de encontrar la verdad, no hace más que construirla a través del lenguaje. Así, por ejemplo, Ludwig Wittgenstein afirmó que el lenguaje humano es el responsable de todas las discusiones y contradicciones filosóficas, pues nos resulta imposible encontrar la verdad cuando cada filósofo (y de, hecho, cada individuo) tiene un sistema propio (un lenguaje propio) que no coincide con el del resto. De ahí que la filosofía resulte en un intento frustrado por hallar verdades que puedan guiar a la humanidad.

A la filosofía del estructuralismo de Wittgenstein se le pueden añadir otras corrientes, como el existencialismo y el absurdismo que, en su sentido moral, llegan a la conclusión de que no existe “sentido” en la vida. La última de sus consecuencias sería el nihilismo, que niega la existencia de cualquier verdad definitiva.

Y aún más: a la desconfianza que se tiene hacia los sistemas racionales y a la filosofía puede añadirse el teorema de Gödel. Este teorema demuestra que un sistema matemático, capaz de describir los números naturales y la aritmética, jamás podrá ser consistente y completo; es decir, que nunca podrá, a la vez, tener axiomas que no se contradigan entre sí y que sean capaces de demostrar o refutar cualquier enunciado.

En la filosofía moderna también existe el problema de la justificación que, a grosso modo, se pregunta lo siguiente: una afirmación (incluso un axioma) tiene una justificación, y esta última justificación también se puede justificar a través de otra justificación, y así ad infinitum. ¿Existe una cadena infinita de justificaciones, o acaso existe una verdad primordial de la que surge todo lo demás? La discusión sigue abierta hasta el día de hoy.

Eso en cuanto a la teoría coherentista de la verdad.

El descontento que existe ante la dificultad para hallar verdades definitivas parece haberse difundido mucho en el pensamiento de nuestros tiempos. Es común encontrar a gente que descree o no puede tomar en serio cualquier verdad que vaya más allá de lo tangible y científico. Esto tiene el riesgo de conducir a conductas que se rigen por lo práctico de un modo excesivo, en descuido de la contemplación espiritual e incluso moral. Esta suerte de materialismo, en el peor de los casos, puede derivar en conductas negligentes, indolentes y destructivas, que no ven más allá del beneficio individual e inmediato.

También está la frustración que muchos individuos sienten hacia las religiones. No es de sorprenderse, pues en muchos casos, los practicantes de estas religiones incitan a sus seguidores a creer en un sistema de afirmaciones que no deben ser cuestionadas, sino seguidas por la fe. Las consecuencias son, en muchos casos, que surge el descontento ante las acciones destructivas o regresivas a las que pueden conducir estas religiones.

La filosofía tampoco parece haber dado respuestas alentadoras a los problemas actuales. En cuanto a la ilustración, todo el idealismo que la empujaba, así como al resto de creencias que afirmaban haber encontrado un sistema de verdades para un mundo mejor, como el marxismo y el libertalismo, se han visto cuestionados e incluso han decepcionado a costa de muchos fracasos que parecen haber demostrado su falsedad en al menos alguna parte de sus afirmaciones.

Así, la era post moderna, o era postindustrial, en que vivimos ahora, está llena de incredulidad ante cualquier sistema de creencias que afirme portar la verdad.  Existe mucha incertidumbre y confusión. Nuestra era cree con la misma facilidad con la que descree más tarde. Más aún, con la revolución de la información a través de los medios de comunicación, existe un bombardeo de consignas que afirman poseer la verdad, lo que le resta relevancia a cada una de manera individual. Creer en verdades parece más difícil e irracional que nunca.

Sin embargo, esta dificultad puede ser interpretada como un llamado a nuestra reafirmación. El boom de la información también demuestra que nuestra búsqueda por la verdad ha generado más frutos que nunca. Y es que detrás de todo este conflicto y cuestionamiento por la verdad, existe una búsqueda insaciable que, si bien ha conducido a derroteros no alentadores en muchos individuos, nos desafía a tomar todas las herramientas de las que disponemos para convertirnos en personas más integrales. Sin caer en el dogmatismo religioso, o en el materialismo más nihilista, podemos buscar la verdad tanto en el desarrollo interior y espiritual, como también en el mundo material, y utilizar el gran bagaje del conocimiento que nos dejó el pasado con el filtro de nuestro discernimiento actual y aplicarlo a nuestras vidas.  El hecho de que nos encontremos más escépticos que nunca, afirma que nos hallamos mejor informados de lo que podríamos haber estado en épocas pasadas, cuando quizás podíamos afirmar la verdad con más facilidad al tener un panorama más incompleto. Es así que las conclusiones que obtengamos sobre a qué llamamos verdad serán más lúcidas e informadas de lo que hubieran podido haber sido nunca antes. Al fin y al cabo, llamamos verdad a todo lo que creemos que es verdad, y si ahora procedemos con más cautela que nunca, es porque estamos más experimentados en este arte de buscarla. Que si encontraremos algún día una verdad definitiva y final excede el alcance de esta meditación, pero sí es posible afirmar que debemos seguir esta persecución, cada vez más difícil, pero por lo mismo cada vez más avezada, experta y preparada para la siguiente etapa.

Personalmente, sé que la verdad puede doler en muchas circunstancias porque derrumba la comodidad de nuestras ilusiones, y las vuelve a derrumbar una vez que nos hemos ajustado y hemos creído encontrar la nueva verdad, pero a la larga la prefiero, porque nos transforma en algo mucho más interesante, en un camino que no sé si tiene un final, pero sí que tiene una evolución y una historia en lugar de una fotografía inerte. Esa historia es la mía, y la de todos.


Es cuanto V:.M:.

Q.:H.:A.: Santiago D. Gutiérrez Echeverría

Referencias:
• Wikipedia
• Ferrater Mora. Diccionario de filosofía.

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